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sábado, 29 de julio de 2017

Artistas



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Ausentes los políticos y los juristas (políticos y juristas españoles: ¡qué tontería!), el “Prusés” pasa a manos del Pueblo, es decir, de los Artistas: Llach, Ono y Silvito.

Llach se cree el baladista de John Ford en “La salida de la luna”, con su pica en el hombro cuando salga la luna el primero de Octubre, antiguo Día del Caudillo.

With your pike upon your shoulder, at the rising of the moon
Ono, declarada judicialmente autora de la letra de “Imagine” (se despejan las dudas de quienes venían atribuyéndola a Shakespeare), sería, llegado el caso, el Tora! Tora! Tora! del “Prusés”.

Imagine there’s no country / It isn’t hard to do
“Imagina que no hay países…”, como estribillo payés de una sedición hecha con el c…, que en el caso del de Ono en su póster’68 parece un cormorán estrangulado, si se compara con el glorioso antifonario (“dos títeres peleando bajo una sábana”) de Marilyn.
Y Silvito, sonajero “dodecastrofónico” del Medio Millón de Vagos del Partido Comunista Cubano, vendría a ser el “enxaneta” (nano, o enano, que coronaría el “castell” sedicioso) que, una vez en lo alto, hace la aleta con la “estelada”, ese apaño cubano con que las “élites extractivas” de Cataluña, que no quieren perder un euro a manos de ningún andaluz (andaluces, para ellos, somos todos), promueven este espectáculo mundial en el que se ha colocado Silvito, “Silvito, el lóbrego”, como le dice Pardo Lazo, que lo recuerda del verano de 2006, cuando Fidel Castro murió por primera vez, y Silvito andaba telefoneando uno a uno a los otros jerarcas de la Plaza de la Revolución para ofrecerse a cumplir la misión musical que fuera necesaria en una Cuba con Cadáver en Jefe.
¿Y este necio (¡”El Necio”!) por qué quiere votar en Cataluña cuando nadie vota en Cuba?
Eso es la silvitosis: en Cuba, dice Pardo Lazo, Silvito conmina a no corear en “polifonía” al público proletario de la patria, mientras en el resto del mundo anima democráticamente a su audiencia a desafinar.

Sábado, 29 de Julio

Valle de Esteban

Fondo sin fondo do meu pensamiento
Rosalía de Castro

viernes, 28 de julio de 2017

Cereno



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

En este Siglo de Oro de la ciencia jurídica que vivimos en España las analogías surgen como setas y hay un marianismo coral que después del juicio de San Fernando de Henares ve en Mariano al Cereno de la situación.
Hola. Me llamo Cereno. Benito Cereno, capitán del “Santo Domingo”.
En la estela de “Moby Dick” (publicado en el bicentenario de “Leviatán”, otro monstruo marino), Melville publica en 1855 “Benito Cereno”, capitán de un galeón español que transporta esclavos negros de Valparaíso a Callao. A la semana de navegación, los esclavos, liderados por Babo, se amotinan y ponen ruta a Senegal. Se cruzan con un barco americano al mando del capitán Delano, que aborda al galeón. Babo ordena a Cereno fingir que sigue al mando. Cereno obedece, pero en su actuación mezcla frases enigmáticas y comportamientos extraños, que entienden todos los presentes menos Delano (en cuya ceguera perceptiva sitúa Melville la clave del relato), con lo que al capitán español no le queda otro modo de liberación que arrojarse al agua.
En 1938, “Benito Cereno” se elevó en Alemania a símbolo de la situación de la inteligencia en un sistema de masas –es uno de los grandes momentos schmittianos, es decir, que incluso bajo el nazismo el alma era libre, como lo fue el capitán Cereno.
En nuestra Santa Transición hubo un momento melvilleano de Suárez, cuando se presentó en la TV, dijo que no quería ser otro paréntesis en la historia de España y se marchó sin más explicaciones (democráticas).

Uno manda muchos mensajes, pero no hice absolutamente nada –dijo, no menos melvilleanamente, Mariano en su jura de Santa Gadea en San Fernando.

¿Qué quería decir con eso?

Él mismo lo aclaró con otra jitanjáfora galaica, mezcla del lenguaje del beisbolista Yogi Berra (“Corta la pizza en cuatro pedazos, no tengo tanta hambre como para comerme seis”) y el cómico Antonio Ozores:
Hacemos lo que podemos significa hacemos lo que podemos. Ningún significado ninguno.
¡España al agua!

Viernes, 28 de Julio

Valle de Esteban

Sobre el volcán,
a las canicas juegan
ceguera y llama.
Al entrechocar, pierde
la que más gana.
José-Miguel Ullán

jueves, 27 de julio de 2017

Valor y precio (del pez "furbolista")



Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Uno de los mayores disparates del siglo quizás sea el precio de los futbolistas, aunque a mí, hace tiempo que no me llama la atención el barajeo de  millones que nos invade cada verano por la sencilla razón de que tanto dinero se escapa a mi comprensión, educado en los modestos dos reales de agujero y los fantásticos cinco duros con los que uno se sentía rico durante dos horas.
       
Por Cruyff, Maradona, Zidane, Cristiano, Neymar... se pagaron fortunas y los que las pagaron, ricos siguen. Eran futbolistas extraordinarios que garantizaban espectáculo y goles. Aquellos desembolsos “a seguro” es posible que  fueran desproporcionados. De hecho recibieron muchas críticas por la gente que en todo se mete, por lo que me extraña hoy la falta de protestas periodísticas ante el precio de Pogba, Hulk o  Xhaka, ¡¡Xhaka!!, el año pasado, o el de  los Morata y Danilo revalorizados por la D.O. Real Madrid y los Mandy y Bernardo Silva  a los que los técnicos del City también consideran de contrastado pedigrí por su formación en Mónaco. Bueno, la verdad es que siempre hay un matemático que calcula los hospitales y escuelas que se pueden hacer con lo que valen Messi y Cristiano.

     85 millones de euros Lukaku, 80 Morata, 60 Lacazette... 45 millones un tal Vinicius Junior, juvenil del Flamengo al que los ojeadores le han adivinado el futuro. No. No cabe en mi cabeza mercado tan exquisito ni tanta disponibilidad televisiva, que al parecer es quien paga el montante mayor, por lo que sólo queda esperar a verlos venir -a los jugadores- y asombrarse ante tanto personal millonario.

¿Serán capaces -yo creo que sí- el presidente Florentino de soltar 180 millones por Mbappé y más de doscientos el jeque del PSG por Neymar? Y después de tanto dispendio ¿qué? Uno de los dos no ganará la Copa de Europa.
     
Mientras ojeo el Marca, mi pescadera de confianza, que suele pescar en las mejoras lonjas y a la que no le gusta nada el “furbo” me ha traído el pez futbolista. Allí, entre la dorada salvaje de Barbate, “los calamares finos, finos de verdad” y  “unos “lenguaos” de los que no hay” se ofrece barato y extraño un ejemplar desconocido en la plaza. Mi pescadera, viéndome el descuadre, me aparta y me dice: “Le llaman el pez 'furbolista' p’a no llamarle pez parguela. Ya sabes lo que es un parguela...y, p’a que no dé asco l’han cambiao el nombre ¿sabes?”

      Enterado quedo.

Nolan, Dunkerque y el escorpión: "Sorry, That's My Nature"

La situación a finales de mayo de 1940

Jean Palette-Cazajus

El gran etnólogo Louis Dumont, para caracterizar la naturaleza de los saberes humanos, por lo menos en su vertiente occidental, solía comparar la realidad con un poliedro global que las muy distintas ramas del saber que hemos ido construyendo parten en incontables rebanadas. Nos pasa a todos algo parecido cuando intentamos comunicar nuestra particular percepción de las cosas. Es injusto, pero algunos tienen la suerte de que su personal manera de trinchar las rebanadas de la experiencia propia nos interesa más que otras. Es lo que me pasa con los artículos de Hughes. Los puntos de vista que descubren las rebanadas de realidad partidas por su peculiar subjetividad lo mismo me dejan muy perplejo, como cuando da rienda suelta a su peregrina “Trumpofilia”, o me interpelan positivamente en la mayoría de las ocasiones. Así ocurrió con la aguda glosa que hacía el pasado día 25 de la  última y muy comentada película de Christopher Nolan

Tropas francesas embarcando en Dunkerque 

Vaya por delante mi rotunda y definitiva consternación frente a una evidencia incontrovertible: la percepción que tenemos de la historia del siglo XX, particularmente de los grandes conflictos bélicos no es la de los historiadores sino, casi exclusivamente, la que nos han dejado las películas más exitosas sobre el tema. O mejor dicho, la que nos van dejando porque en las pantallas la historia no para de reinventarse. De forma a veces inesperada como en este caso. A poco que nos pusiéramos a reflexionar, se nos tendría que poner el pelo como escarpias. Se trata de versiones que se sitúan siempre entre la impostura y la experiencia de las drogas. En este caso concreto, el improbable propósito de regresar al ya casi olvidado drama de Dunkerque y el aparente éxito del intento demuestran algo que todos los estudiosos del sentimiento nacional han glosado abundantemente: no es tanto la realidad del acontecimiento la que refuerza el sentimiento de pertenencia comunitaria, sino que es éste el que va dotando a los acontecimientos del significado que mejor le conviene. Para ello lo mismo da que este acontecimiento sea una derrota o una victoria, siempre encontraremos algún motivo para autocomplacernos. 

 El torpedero francés "Borrasca" hundido
Murieron 500 evacuados

Así, de niño, en mi colegio, de la derrota francesa de Garellano (1503) a manos del Gran Capitán, el manual de historia destacaba principalmente el heroísmo de Bayard, “el caballero sin miedo y sin tacha”. Todo sirve para hacer historia propia. Ciertamente es particularmente francesa esta fascinación por las derrotas gloriosas antes que por las victorias, Waterloo antes que Austerlitz, la exaltación de la heroica defensa del atrincheramiento de Dien Bien Phu (1954) antes que la estupidez de su concepción estratégica y la aberración de su ubicación. Creo que esta tendencia tiene mucho que ver con la imagen maternal y benevolente que de sí misma quiere dar y tener Francia y también con la tormentosa relación con Alemania. Se trataba de acreditar la idea de que, a diferencia del difícil vecino del Este, Francia, por naturaleza, no ha sido nunca agresiva. La actitud de los ingleses suele ser bastante más autosatisfecha. En su versión de la “Peninsular War” poco aparecen los españoles. En su mitología de Waterloo se tapa, todo lo que se pueda, el papel de los numerosos aliados, belgas, neerlandeses, alemanes ¡incluso franceses monárquicos! Y sobre todo los 50.000 y decisivos prusianos de Blücher

En el colegio  también me enseñaron que la olvidada, mortífera e inútilmente victoriosa Guerra de Crimea (1853-1856) había opuesto los rusos a una coalición franco inglesa. Leer algunas fuentes inglesas casi nos convence de que los ingleses estaban solos ¡como en Dunkerque! Sólo tardíamente descubrí que los franceses eran tres veces más numerosos que los ingleses, un poco como en la “Campaña de Francia” de mayo-junio 1940. Como en la “Campaña de Francia” habían cargado con el peso principal de las operaciones, por ejemplo con la decisiva toma del bastión de Malakoff en 1855. Durante aquella guerra, si la Brigada Ligera mandada por Lord Cárdigan, no quedó totalmente aniquilada tras la estupidísima carga (25.10.1854) ordenada por Lord Raglan y cantada por Tennyson, fue por el contraataque lateral efectuado contra los rusos por un regimiento de zuavos franceses.

 Soldados franceses abandonados el 4 de junio

En los tres o cuatro primeros meses de 1914 el pequeño ejército inglés quedó prácticamente aniquilado, mandos incluidos. Los ingleses tuvieron que reconstruir sus fuerzas a partir de la nada. Las jóvenes y sofisticadas ladies paseaban entonces por las calles exhibiendo plumas de gallina que restregaban por los morros de cualquier joven apuesto que aparentase escasas intenciones de alistarse para ir al matadero. La impreparación de aquel nuevo ejército, la incompetencia de sus mandos explican en gran parte la desastrosa y sanguinolenta ofensiva del Somme (del 1 al 18.11.1916). En cuya ocasión los franceses participantes alcanzaron todos sus objetivos, inexplotables por culpa del rotundo fracaso británico.

En Dunkerque, los franceses constituyeron, según cifras, entre el 36,4 % y el 41,4  % de los 338.226 evacuados. De los 848 barcos heteróclitos que participaron en la operación más de 300 eran franceses. De modo que su esperpéntica ausencia en la película de Nolan no hace más que inscribirse en una tan histórica como imperturbable tradición de cara dura británica. “¿Cómo habrán visto la película los franceses?”, se pregunta inteligentemente Hughes. Pues exceptuando un poco de acritud en un artículo de Le Monde, con resignada ironía en general. Los ingleses son los ingleses. Como le decía el escorpión a la rana en el conocido apólogo: “¡Sorry, that’s my nature!”.


 Soldados franceses prisioneros tras defender Dunkerque

Aquella llamada  por los británicos “Operation Dynamo”  se desarrolló entre el 21 de mayo y el 4 de Junio de 1940. En días anteriores, el gobierno francés había relevado de su mando al timorato jefe de estado Mayor, general Gamelin, para sustituirlo por el general Weygand, fogoso ex brazo derecho del mariscal Foch en los últimos meses de 1918. Weygand se decide entonces a intentar la necesaria y crucial contraofensiva demasiado demorada por Gamelin. Los cazas franceses, además de muy mermados en la batalla, eran inferiores al Spitfire de los aliados. Weygand pidió al mando británico una intervención masiva de la RAF en la proyectada contraofensiva, pero, desde Londres, se la negaron. “Durante aquella miserable discusión -escribirá Churchill más tarde- me obsesionaba el dolor al pensar que Gran Bretaña no había sido capaz de una aportación más importante a la guerra y que, hasta entonces, los nueve décimos de los esfuerzos y los noventa y nueve centésimos de los sufrimientos habían caído sobre Francia sola …”. Peor todavía, los británicos abandonaron unilateralmente el frente e iniciaron la retirada hacia Arras y luego Dunkerque dejando un enorme hueco  entre los restos del ejército belga a su izquierda y el ejército francés a la derecha. Hay que tapar precipitadamente el hueco y renunciar a la proyectada contraofensiva. El 28 de mayo el ejército belga capitula. 

El ejército francés se queda solo en un frente totalmente desestabilizado. Lo que queda de él consigue asestar algunos golpes serios a los alemanes y crear unas pocas bolsas de resistencia, pero queda sistemáticamente desbordado en sus alas por la movilidad alemana. Protegen la cabeza de puente de Dunkerque la 12 división de infantería motorizada y unas tropas heteróclitas al mando del general Bertrand Fagalde, básicamente elementos de la 68 Division de Infantería, entre 35.000 y 40.000 hombres que resistirán, a uno contra diez, hasta el final de las operaciones de evacuación. Los que no morirán acabarán prisioneros. Es cierto que el general Rundstedt, temeroso de la proyectada contraofensiva había retenido el impulso de la ofensiva alemana, pero sin el sacrificio de las citadas tropas francesas la Operación Dynamo hubiese terminado en clamoroso fracaso. Resultaría particularmente obscena  la ausencia, en la película,  de cualquier alusión a su determinante papel si no fuese porque a estas alturas habrá quedado claro el malentendido: hablamos de historia y Nolan de rentabilidad del chauvinismo cinematográfico. A estas alturas no sé si merece la pena recordar otras líneas posteriormente redactadas también por Winston Churchill cuya lealtad y empatía con Francia fueron innegables: “La resistencia heroica del ejército francés salvó al ejército británico y permitió a Inglaterra proseguir la guerra”.

 Dunkerque
Junio de 1940

Durante aquellos terribles momentos un batallón británico llegó a disparar sobre soldados franceses para prohibirles que embarcaran. El rencor hacia los ingleses explica que fueran tan poco numerosos los oficiales del ejército de Vichy en pasarse a De Gaulle. En aquellos años prosperó un dicho: “Los ingleses siempre están dispuestos a morir hasta el último francés”

Un excelente amigo mío tan inteligente y brillante como culto, pero sin duda afectado por un típico defecto de la derecha española ilustrada (que la hay), el de rumiar excesivamente los sedimentos de la historia, me ha conminado en varias ocasiones a aclararle sus dudas sobre tan terrible época. No consigo aclarar las mías. Pero no conozco nada tan desesperante como esas constantes revisiones de la historia que terminan enterándonos de que los que perdimos podíamos haber ganado y los que ganaron podían haber perdido. Nada más vano y desquiciador frente a la inalterable realidad del pasado. De qué sirve saber que los mil aparatos alemanes derribados por los franceses durante los meses de mayo y junio de 1940 les hicieron una falta cruel a los alemanes durante la Batalla de Inglaterra. De qué sirve saber que los carros franceses Somua o Renault B1 de 32 toneladas eran muy superiores en blindaje y potencia de fuego a los Panzers II y III, que eran poco más que chatarra inofensiva, si el uso táctico que se hizo de ellos era timorato y obsoleto. De qué sirvió que, en 1934,  un oscuro coronel llamado Charles de Gaulle publicara un libro titulado “Hacia un ejército profesional” donde promulgaba la concentración de los blindados en unidades compactas y ofensivas capaces de romper el frente. El estado mayor francés, a menudo meapilas, monárquico y antirrepublicano, lo ignoró. Rommel, Guderian y Von Manstein devoraron el escrito.  

Durante la llamada en francés “drôle de guerre”, algo así como “la guerra extraña o insólita”, en alemán “Sitzkrieg”, “guerra sentada”, que duró entre septiembre 1939 y mayo 1940,  los adversarios permanecieron pasivos y mirándose con cara de póquer. En gran parte porque el ejécito de Hitler, bastante menos poderoso  de lo que se creía estaba demasiado ocupado en acabar con Polonia. El Estado Mayor francés por muy lerdo que después demostrara ser, se dio cuenta de la situación y especuló con atacar el Ruhr. Para ello solicitó una fuerte contribución de la RAF que ya en aquel momento le fue denegada. Allí se demostró que como en 1914-1918 los británicos esperaban que también en esta ocasión Francia les sacaría las castañas del fuego. El sueño secreto del Reino Unido, fiel a su línea de conducta secular, siempre fue y sigue siendo -no otro es el estúpido sueño del Brexit- el de sobrevivir intacto a una Francia y una Alemania mutualmente debilitadas.

Veo que estoy incurriendo en el mismo defecto que denunciaba hace un rato. Epiloguemos brevemente. El libro más sorprendemente lúcido, penetrante y perspicaz que he leído sobre el período es “La agonía de Francia” (Libros del asteróide 2012) del imponderable Manuel Chaves Nogales que recientemente huido de la Guerra Española donde “hunos” y otros coincidían en la voluntad de arrastrarlo a la tapia del cementerio, demuestra un asombroso e íntimo conocimiento de la realidad francesa. Por lo demás “the splendid isolation”, el “espléndido aislamiento” venerado por los británicos remite, en inglés como en español, a una etimología insular. Y con este tópico parece  una vez más que todo queda dicho. En segundo lugar, y para atajar ya cualquier disquisición sobre tan tremendo conflicto me inclino por una explicación muy sencilla: las personas educadas tenemos todas las de perder si, en la calle, le da por agredirnos al típico macarra. Similarmente las democracias ni son capaces de pegar primero ni lo son de pegarse en general. Siquiera para defenderse y en esto creo que nunca aprenderemos la lección.

Por lo demás la historia es bastante más apasionante que cualquier peli y algunos, además, tenemos la desaforada pretensión de portarnos como mayores de edad.

Estela de los sacrificados en Dunkerque

El testigo





Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    La pregunta “chic” (¡lo europeísta!) en la Audiencia Nacional (tribunal de excepción, por cierto, que no está bien visto en la Constitución) de San Fernando de Henares hubiera sido:

    –¿Jura usted decir la posverdad, toda la posverdad y nada más que la posverdad?
    
Después de todo, se trataba de poner una vela a Montesquieu y un gorro inífugo a Mariano (decimos Mariano por Rajoy como otros dicen Federico por Lorca o Martin por Chirino o Heidegger), jefe de un gobierno miembro de esa UE que quiere a Polonia de conejillo de Indias de la separación poderes para ver qué pasa.

    Pero “el enemigo es una fuerza objetiva” y a Mariano le preguntaron por Bárcenas, pues decir Bárcenas en el PP es como decir Jehová en “La vida de Brian”, que vienen las mujeres barbudas y te lapidan. Y no lo dijo, claro.

    Bárcenas es un contable, y Mariano, un político, es decir (en España), un aventurero que nunca es responsable de nada, a diferencia del aventurero intelectual.

    –¿Tiene usted sangre de aventurero intelectual? –pregunta en Núremberg el fiscal Kempner al profesor Schmitt.
    
Sí, sólo así surgen pensamientos y conocimientos –contesta el profesor–. Asumo el riesgo. Siempre he pagado mis cuentas; nunca me he marchado sin hacerlo.
    
El caso es que el presidente testificó ante el juez, que tampoco era el juez Coke (el que explicó al rey Jacobo que no era la monarquía el sostén del derecho, sino el derecho el sostén de la monarquía, y a continuación se desmayó), y con ese video querrá ahora frau Merkel enseñar a Polonia la versión europea de la separación de poderes.

    Como testigo, Mariano pareció convincente: empezó con un tic de San Vito en la pierna y acabó marcándose un Hamlet ante la acusación popular: “¿Por qué no podría ser la calavera de un abogado? ¿Dónde están ahora sus sutilezas y distingos, sus argucias, subterfugios y artimañas?” Etcétera.

    Otra cosa es que vengas de ver “Dunkerque” y te cueste imaginar en semejante actor el discurso de Churchill.

Jueves, 27 de Julio

Valle de Esteban

Señor, el viejo tronco se desgaja, / el recio amor nacido poco a poco, / se rompe. El corazón, el pobre loco, / está llorando a solas en voz baja, / del viejo tronco haciendo pobre caja / mortal. Señor, la encina en hueso toco / deshecha entre mis manos, y Te invoco / en la santa vejez que resquebraja / su noble fuerza. Cada rama, en nudo, / era hermandad de savia y todas juntas / daban sombra feliz, orillas buenas. / Señor, el hacha llama al tronco mudo, golpe a golpe, y se llena de preguntas / el corazón del hombre donde suenas.
Leopoldo Panero
 

miércoles, 26 de julio de 2017

El lenguaje de Rajoy




Hughes
Abc

En la comparecencia de Rajoy en la Audiencia Nacional ha habido, como mínimo, un momento revelador. El abogado de la tercera acusación popular matizaba algunas declaraciones del presidente y se ha producido un diálogo muy parecido a este:

-… hasta donde yo sé...

-¿Y hasta dónde sabe usted?
 
-…
 
Ha habido alguno más. Este abogado ha realizado una lectura curiosa del famoso sms a Bárcenas, el “hacemos lo que podemos”.

-¿Y qué hacía? ¿Qué significa eso?

-”Hacemos lo que podemos” significa lo que significa, significa “hacemos lo que podemos”.
 
Era la primera vez que un presidente se sometía a un interrogatorio así (como testigo, no como imputado, matizo antes de que me griten) y el efecto fue saludable. Fue como si de verdad los poderes se controlaran. Por un instante parecía Estados Unidos. El efecto fue tan saludable que las preguntas de los abogados revelaron, como en el caso referido, lo que hay detrás del lenguaje presidencial. Un fondo ilógico y además irritable, muy poco paciente. Las cláusulas galaico-paradójicas de Rajoy, tan celebradas por sus aduladores, a menudo no contienen nada. “Hasta donde yo sé”, dice. Bien, ¿y qué es lo que sabe usted? Si le pudiéramos preguntar, Rajoy acabaría muchas veces en grotesca tautología: pues yo sé lo que sé, nos diría con su simpática retranca.

La presunta genialidad oratoria de Rajoy se manifiesta a través de un lenguaje algo enloquecedor. Sus frases siempre acaban abiertas, indeterminadas. Ese característico “o no” con el que finalizaba lo dicho, o el “salvo alguna cosa”. Un análisis de las palabras de Rajoy desde un punto de vista lógico sería necesario. Veríamos que en lo que dice está abierta la duda de su propia veracidad. Que a veces es indeterminada su proposición. Que en ocasiones no dice absolutamente nada porque sus forma retórica favorita es la tautología.

Exigido, acuciado por preguntas, Rajoy desemboca en ella. Después de Zapatero, que era cantinfleo y anacoluto, el lenguaje político no ha mejorado mucho. Me pregunto si este deterioro lógico-argumental (vestido de genialidad gallega) entra para mis analistas favoritos en el campo de la “posverdad”, o forma parte de un deterioro más amplio en el que andamos todos.

Subversión



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

De pronto, en medio del muladar batueco que es la TV, el relumbrón de un documental de dos horas en el canal Historia sobre Alexander Hamilton, el inventor de la democracia representativa, esa cosa que nadie conoce en España pero que los liberales del Embassy lo mismo atribuyen a Dawkins (“¡un cretino!”, gritaba Gustavo Bueno), que a Ignatieff (el Erasmo de Mariano) que, llegado el caso, a Adolfo Suárez, el del aeropuerto.

Al “escocés” Hamilton lo ha salvado de la muerte civil la campana de Broadway: el éxito del musical que lleva su nombre lo rescató de las manazas de Obama, que en su lucha contra el ¿supremacismo? iba a retirarlo incluso de los billetes de diez dólares.
Washington es incomprensible sin Hamilton, que intelectualmente fue a Washington lo que Ratzinger a Wojtyła: “Washington no tiene hijos y Hamilton no tiene padres”, es la razón de esa “empatía” en el documental, bien salpimentado con dichos hamiltonianos, subversivos como tuits trumpianos para los españoles de hoy.

Una nación sin un gobierno nacional es un espectáculo penoso.
Es la prensa la que ha corrompido la moral pública.
Creador, simplemente por no ser de ningún Estado, del maravilloso “nacionalismo americano” (el patriotismo sería obra de otro “extranjero”, Tom Paine), Hamilton pelea como un león por su idea de la Unión, que pasa, dice, por que el gobierno federal corra con las deudas de todos los Estados. (“The economy, stupid!”, algo antes de que se le ocurriera a Carville.) Es lo que ahora, y para la Unión Europea, prometía el “petit” Macron en su campaña electoral: lo llamaba “mutualizar la deuda”; el domingo era elegido presidente de Francia en París y el lunes ya estaba en Berlín, capital del Reich, pidiendo la “mutualización”, ¡ay!, a frau Merkel, que casi lo mutualiza a él, con lo que ya ha comprendido que la UE no es una unión europea, sino un casinillo alemán.
Por algo Talleyrand pensaba que Hamilton era “el hombre que habría divinizado a Europa”.

Miércoles, 26 de Julio

Valle de Esteban

¡Qué confusión de cosas! ¡oh Dios! ¡qué laberinto!
Juan Ramón Jiménez

Miércoles, 26 de Julio


La imaginación es un universo en miniatura
que puede crear sus formas invisibles y éstas materializarse.
Paracelso

martes, 25 de julio de 2017

Ocupas con Estatuto

Hermandad de la Estrella, en la Huerta de la Reina

Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Entre las distintas especies de ocupas: pseudopobres, pseudoanarquistas, pseudoartistas... -una hay que  es inofensiva e incluso bienintencionada-, la más peligrosa y desquiciadora es la que ataca con el estatuto: el estatuto de ocupa.

      El estatuto de ocupa lo regalan individuos que se dicen a sí mismo buenos y solidarios. Una gavilla de estos ha llegado a  prócer y entre sus más imperiosas tareas está procurarse un buen sueldo de las arcas de la Administración y mantener a determinados coleguitas  en una molicie y ociosidad escandalosas a los ojos de los que pagamos impuestos.

      Los ocupas de estatuto suelen formar pelotón. El pelotón obedece a un jefe, cuya mayor preocupación es contar con un buen explorador y marihuana suficiente por lo que pueda ocurrir. El explorador busca un chivato o un funcionario municipal sincero que le cuente qué edificio tiene viviendas vacías y que a ser posible pertenezcan a un banco. Localizadas las viviendas, el jefe las reparte teniendo en cuenta número de habitaciones y metros cuadrados como cualquier constructor experimentado. Los ocupantes, duchos en oficios ilegales, se las apañan para cumplimentar el pago mensual o semanal con la tranquilidad de tener casa para años, pues el jefe tiene el estatuto que les protege; el estatuto a salvo de jueces y policía acogotados ante la presión y alarma social de opinadores a los que nunca ocuparán la casa. Para eso están los exploradores. Para distinguir las facciones amigas y enemigas y buscar el altavoz que conviene a una vida desgraciada.

    En Córdoba, los ocupas de estatuto se han instalado en la Huerta de la Reina, un barrio hacendoso y acogedor hasta antier. Queda a la derecha del Vial según se va a la estación de Renfe y hoy los cordobeses procuran evitarlo. La policía recibe diez denuncias diarias, pero como los jueces no se atreven y la concejalía afín a la truhanería frena y advierte con no sé qué historias de derechos facilitando agua, luz y hasta piscina en la azotea,  los ocupas de la Huerta de la Reina, tras cuatro años de asentamiento, han montado sus negocios, su vigilancia y sus métodos educacionales. En las viviendas se trafica con drogas, hay suripantas que reciben a desgraciados poco escrupulosos, se destrozan coches que conductores despistados aparcan en “sus” calles..., y en fin, los vecinos de los bloques colindantes están aterrorizados y hasta han renunciado a salir de vacaciones por miedo a perder su casa. Ni el antaño acogedor jardín de la Estrella se atreven a pisar.  
    
A tal punto de degeneración se ha llegado en un barrio de Córdoba situado en el centro de la ciudad. Nada que no pase en otras ciudades, pero que se calla para no escandalizar. Hasta que  las puñaladas, los tiroteos,  las que viven con un anciano muerto en extrañas circunstancias, el yonqui que deambula y sirla sean insoportables en demasiadas geografías, y entonces... ¡Ah, los ocupas! ¡Con lo buena gente que parecían!

Alcorques del Carmenato

 Calle de Montesa
Carmena Burana

 Calle de Lista
Ahora Podemos

 Calle de Lista
Mañana Ya Veremos

Calle de Lista
Sous les pavés, la plage

Calle de Lista
Green

Héroes



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Por “El mito del nacimiento del héroe”, de Otto Rank, discípulo de Freud, sabemos que el héroe nace de “ilustrísimos” padres, después de una concepción precedida por dificultades; durante el embarazo, un anuncio advierte contra su nacimiento, y el niño es condenado a ser muerto o abandonado (de ordinario, a las aguas en una caja); al final, es salvado por animales o por gente humilde, y amamantado por una mujer de baja alcurnia; y ya hombre, da por azar con sus nobles padres y alcanza la grandeza y la gloria.

Rivera, que es nadador (y más de un Moisés habrá sacado de las aguas), basa en el mito de Rank su defensa de la gestación subrogada (vientres de alquiler), con el apoyo estadístico del 56, 9 por 100 del pueblo español, que siempre está abierto a todo, como ese profesor de ecología de Chicago, Jerry Coyne, que da su visto bueno moral al infanticidio.

Para eludir la acusación de mercantilismo, Rivera exige que los vientres de alquiler sean propiedad de damas de alto copete económico (que la madre sea “ilustrísima”, siquiera económicamente, como en el mito). Es una prevención liberal que aplicada al marxismo zanjaría la explotación obrera con una línea en el Boe: que sólo a los ricos les fuera permitido trabajar.

Para promocionar la ley, Ciudadanos podría contratar a Paris Hilton, una madre de alquiler que quitaría el hipo. Claro que luego Paris pare un hijo tuyo, pero tú pierdes tu empleo y no lo puedes mantener, así que colocas al niño en un cestito y lo llevas al Tajuña, que tiene juncos, como el Nilo. Etcétera. Los años pasan, el niño crece y un día se entera de que es hijo de Paris, y decide enviarle una demanda de maternidad. ¿Entonces, qué?

No se me va de la cabeza la imagen de ese Dalí deshuesado como un pollo en la morgue haciendo confidencias al forense:

“Las postrimerías de San Fernando” es un cuadro milagroso. Se ve la Sagrada Forma de perfil. Es una línea y se ve redondo. ¿Comulgaría usted con esa Sagrada Forma?

Dunkerque



Hughes
Abc

Aun sin entender de cine, o quizás por ello, “Dunkirk” o “Dunkerque” resulta una película especial.

El inicio deja una sensación de entretenimiento puro y a la vez de algo profundo. La representación de la playa y la multitud de soldados a la espera tiene algo importante. No sé si la palabra trascendente es “demasiada” palabra, pero en eso se piensa. Hileras ordenadas de personas esperando a la orilla del mar bajo la amenaza ominosa del enemigo. No se dice Alemania, se dice “el enemigo”. No salen sus rostros. Al final aparecen dos sombras. Hay algo abstracto en ello.

Ese inicio parece muy de Nolan, parece lo “especial” de la película. La música, que siempre nos parece un poco tramposa, tiene ritmo de tic tac y contribuye al desasosiego, pero es esa multitud inicial entre el cielo y la tierra, a la espera de algo (multitudes en el absurdo de Godot o ante un finisterre metafísico), parecen cumplir con una de las funciones de la guerra. La guerra enseña el justo valor de una vida, que es muy poco. Vidas sin sentido, miserables, minúsculas. Hombres como insectos. Somos insignificantes, y el moderno estilo de vida, lleno de falsas seguridades y bienestar, lo falsea todo. La guerra del film (grandiosa, elemental, accidental también) enseña lo que es la muerte, la descubre. No le hace falta al director enseñar vísceras ni forzar el patetismo. Hay algo pictórico, como de Brueghel, en esas formaciones humanas a la espera, fundiéndose con la bruma. Cuando las bombas deshacen la hilera, se vuelven a formar a un ritmo casi natural, obstinado y débil.

Ese tramo es realmente sorprendente. ¿Es habitual algo así en el cine bélico? No hay un personaje heroico, una individualidad que se apodere de nosotros. Se van sumando héroes a una epopeya nacional. Pero sí hay dos personajes de órbita mayor. Uno es el de Fionn Whitehead, el otro el de Tom Hardy. Uno va de Dunkerque hasta Inglaterra; el otro hace el camino inverso. Uno por mar, el otro por aire. Uno llega al corazón del hogar, el otro al enemigo. Y se vienen a cruzar en un momento que enciende el clímax de la película. Se inicia entonces una sinfonía de corte distinto (sonará otra cosa además de ese tic tac). Ya no hay el temor general, unánime a la muerte, la amenaza, sino otra cosa. Ese final (no voy a reventar mucho por si algún lector -lector heroico, llegados a este punto- quisiese verla) es de tipo clásico. Lo hemos visto más veces. Es verdad que la arquitectura, el engranaje de tramas o de trayectorias que se cruzan y engarzan unas a otras es de un virtuosismo sorprendente, pero el final pulsa teclas que ya conocemos.

Creo que esta película tiene un punto notable de nacionalismo, en su sentido más leve, anglosajón. Noble, comprometido, cívico, pero particularista. Profundiza en la retirada como un episodio mítico. No se realiza un estudio del héroe. Es el pueblo el héroe. La sobrecogedora imagen de las embarcaciones civiles llegando (mejores que el Séptimo de Caballería), los viejos impasibles con el chubasquero, perfiles como chaucerianos. Algo antiguo, mudo, figuras eternas que además interpreta el vigía shakesperiano que es Kenneth Branagh. Al borde de un espigón, último hombre y primer inglés al cuidado de la civilización. El héroe no es Tom Hardy, casi anónimo, sin rostro, impersonal. Es el pueblo inglés. “Take me Home”. El hogar. Los acantilados, Dorset, Dover. La idea de frontera no es necesaria. Son esas puertas naturales, mitificadas hasta separar la muerte de la vida. La seguridad. El hogar es la salvación, es garantía de vida y ha de preservarse así.

“Defender nuestra isla”. Churchill y su extraordinario discurso suenan al final (con un bonito guiño al periódico de papel, periódico al que se acude con una sed humanísima de información). La población civil enseña al soldado la importancia de la derrota. Ahí han ganado la guerra, nos viene a decir. El pueblo enseña al ejército, no al revés. Pero hay más. En 2017, Churchill adquiere una categoría casi artúrica. Mito nacional que se renueva. Hay ahora un Churchill de Brian Cox de evidentes tintes patriótico-nacionalistas. Otro muy pronto que hará Gary Oldman. Y vimos la serie televisiva hace poco.

En el repliegue-victoria de Dunkerque, tal y como está narrado, la isla tiene una dimensión no meramente territorial. No es un espacio sin más. Es algo que merece la pena defender con la vida. “I see your point, son”, dice el señor que lleva su barquito al soldado que quiere regresar (Cillian Murphy, con su rostro de equívocos morales y ambigua debilidad). Y continúa. Su hijo, rubio, hermoso, bueno, valiente, encarna virtudes innumerables. Rescata a otro piloto, rubio también, patricio, que interpreta algo así como una “inglesidad” perfecta. “Good afternoon”, le dice cuando es rescatado de la muerte. Flema, un carácter deportivo, un arrojo desapasionado y sin patetismo, una virilidad pulida y cívica. Una entereza moral, sobria. Pocas veces hemos visto una representación tan pura de lo británico ideal como en esos dos personajes (quizás secundarios). Con humor cabría estirarlos hasta un Bond. Nolan hace Bonds realistas y rubísimos.

La película tenía un punto de Powell y Pressburger, más hondo incluso, sin humor y con un sentido más oscuro del acecho y la amenaza. En el repliegue se vuelve a la Isla, que no es sólo el hogar. Es el hogar del que tiene miedo y regresa, pero en la dirección opuesta (del rescate, desde Inglaterra) adquiere otro sentido. Lo que les espera no es el hogar, es una nación encendida. Una vibración. Las Islas Británicas vistas también como reducto último de civilización, como salvaguarda. Hay una gota de “excepcionalismo”. La película enseña sin decirlo algo del atlantismo inglés, y deja una sensación quizás vaga, pero real, de su particularidad, de su naturaleza característica, no conquistable. No es la primera vez que en las islas (incluso en las mismísimas Hébridas) se siente palpitar la resistencia de una forma de ser.

¿Cómo habrán visto la película los franceses? Hay líneas de solidaridad, pero matizadas. El inglés cuida del francés (Branagh), pero no es lo mismo. Nosotros, ingleses primero. No hay ni una imagen del sufrimiento francés en el otro lado. Esa insularidad, la idiosincrasia nacional, no puede relacionarse directamente con el Brexit (sería un poco burdo), pero tampoco dejar de hacerlo.

¿Qué valores toca este cine? No se va a morir por una línea de becas, ni por la Seguridad Social, ni por una organización burocrática supranacional. La película analiza con nueva sofisticación un mito nacional, pero acaba rendida a él fordianamente, clásicamente. La modernidad de Nolan cae rendida ante la estilización nacionalista de un episodio histórico esculpido como mito. Es inevitable pensar en esta película, junto a las de Churchil que vienen, como un mínimo espasmo nacionalista (en el sentido anglosajón suave).

Algo parecido sentí el año pasado viendo las de Clint Eastwod (Amrican Sniper, Sully), Mel Gibson o esas últimas que protagonizó Mark Wahlberg. Compartían, además de cierto tono documental, el tributo a personajes reales y un encendido sentido de comunidad. Un sentimentalismo comunitario y casi político. Me parece imposible no pensar en que este cine es algo así como un momento nacionalista. Me pregunto si cierto cine no necesita, en tanto espectáculo masivo o popular, indagar necesariamente en algo así. Al salir de la sala observaba a los espectadores. Algunos tenían un aspecto ultramoderno y contestatario. Pensé en qué emociones les habría producido una película así. Ese “nosotros” inglés, con su homenaje a la bravura nacional. Pensé en los Brexiters. En su rápida identificacion (quizás algo falaz y esquemática) con la película, y pensé en los otros. En los “remainers”, o en parte de ellos. En esos episodios colectivo-chuchillianos (Churchill como bardo) hay algo esencial que permite un mito nacional moderno. ¿Qué otra cosa puede hacerlo? ¿Cómo despertar aun esas emociones orgullosas alrededor de otra cosa que no sea un “hogar” o un “nosotros”?

Martes, 25 de Julio

Valle de Esteban

Las aves que llegaban a través de los aires
por las ventanas rotas entraban y salían
con rumor semejante al suspiro que damos
de mucho demorarnos en lo que ya ha ocurrido.
Robert Frost

La pescozada al señor Santiago


Hay que seguir afirmando que Santiago bajó a la batalla de Clavijo sobre un caballo blanco, y no hay que transigir ni con que fuera tordo el caballo. Ése era el consejo de Maeztu. Pero ¿qué sabemos hoy del patronazgo de Santiago?

Quevedo se dejó la piel en la defensa del patronazgo de Santiago frente al de Santa Teresa. En Madrid, los columnistas zen (tristas) de la época discutían de la depreciación de la moneda, de las hipotecas de los judíos, de la ayuda a los herejes... La reacción antisantiaguistacrecía porque ya no había musulmanes contra quienes hacer la guerra santa. Y el centrismo decidió hacer la petición de que la beata Teresa de Jesús fuera elevada por el Pontífice y admitida por el Reino como patrona de todos los españoles, contando con el favor del Rey y su valido, el Conde-Duque, que miraban por lo suyo.

Quevedo también miraba por lo suyo, pero menos, pues echó todo su crédito gubernamental a perder cuando escribió su memorial por el patronato de Santiago contra la bandera de los carmelitas y el centrismo rampante. Santiago era un patrono guerrero, y Santa Teresa, una patrona andariega, casi una krausista. (Se conoce como “krausismo” a un movimiento de pedantes madrileños que dieron en sustituir la misa dominical por una caminata por Gredos.) A Quevedo, para quien las Españas eran «bienes castrenses ganados en la guerra por Santiago», el buen rollo carmelitano lo hacía sulfurarse. ¿Encomendar al sexo de mujer parte de la invocación de las batallas? «¿Qué comparación puede tener esta postura y pintura con la de un caballero joven, robusto, gallardo, denodado, despidiendo rayos de luz de su hermosísimo rostro, adornado de fuertes y resplandecientes armas, con la cruz roja en el pecho...?»

Y en Su espada por Santiago escribe:

“Los reyes, señor, armaban caballeros en España; mas a los reyes Santiago los armaba caballeros: de su altar tomaban las armas y la espada, y el bulto del Santo Apóstol les daba la pescozada en el carrillo... Pues, ¿cómo pretenderán los padres de la Reforma que Santiago os dé armas a vos y que las volváis contra él; que de su altar toméis la espada y que le quitéis vos la que él (tiene) en su mano para dársela a Santa Teresa, a quien sus mismos hijos han hecho estampar con una rueca? La pescozada, señor, antiguamente Santiago la daba a los reyes; hoy quieren los procuradores de corte que los reyes se la den a Santiago en la cara. A vos os lo proporcionen... Ni los frailes lo pueden negar, ni los procuradores lo deben proseguir; ni vos, señor, lo debéis mantener.”

lunes, 24 de julio de 2017

Julia Roberts con la camiseta de Fellaini


Hughes
Abc

Tras una tediosa primera mitad, justo antes del descanso, el Manchester marcó un gol (Lingard) tras una jugada fantástica de Martial. Una virguería de extremo en varias etapas.

Esa jugada de Martial llamaba a gritos a Mbappé, pues es lo más parecido y se supone que aún más brillante.

Así se ha de interpretar el fútbol en verano. Convertirlo todo en portada de diario deportivo, traducirlo todo en términos de «fichabilidad».

Porque el partido no tenía para el Madrid mucha novedad. Un once sin estrenos y el único interés de volver a ver a Bale, muy escondido en algún lugar de la mediapunta y sin desbordar por fuera. El partido tuvo algo no del todo futbolístico. Era muy americano. Tan americano que en el 30 se paró un par de minutos para una pausa de hidratación que los entrenadores (Zidane con una gorra que, como todo, le caía bien) aprovecharon para una charla táctica que era como ajustar la Nada que era el partido. Hacía mucho calor, casi cuarenta grados; sesenta mil espectadores (decir almas parece siempre un poco aventurado) observaban con una paciencia atroz el espectáculo lentísimo. Y en el campo se movían de forma muy extraña (además de la torturada pelota) dos personas: el árbitro, que huía completamente de la jugada, y Fellaini, que huía del balón y luego regresaba para colisionar con cualquiera de los medios del Madrid. Isco, en una de sus escasas epifanías, le hizo un sombrero muy meritorio. No caía nunca ese balón. Sobre la americanización del partido, Fellaini introducía otro elemento adicional de extrañeza. Está en el campo a modo de obstáculo.

El Manchester demostró estar ya muy mourinhizado. Equipo serio, presionante, aburrido, con un par de jugadores de técnica casi medieval, pero metidos ya en la partitura estrecha y psicológica de Mou. Empezaron más entonados, con mejor forma física, y el Madrid se fue rehaciendo sin demasiada precisión y con menos agresividad. Sólo Marcelo y Modric alumbraron algo. El partido era, en suma, muy aburrido, con ritmo de béisbol.

Sobre el fútbol amistoso siempre quedará ya la sombra de Villar. Esto no fue fútbol, fue «furbo».

En el descanso, por fin, hubo algo nuevo que echarse a los ojos. Zidane introdujo un equipo de canteranos con el debut de Theo en una posición más adelantada. Mourinho metía al resto de sus titulares, pero ese Madrid era el Castilla con Casemiro. Los entrenadores parecían haberse puesto de acuerdo para no medirse del todo antes de la Supercopa.

Fue interesante ver la coincidencia titánica de Casemiro y Pogba, aún más alto y poderoso. Casemiro empató en un penalti que le habían hecho a Theo, que ganó la jugada a Jones por rapidez. Un Madrid juvenil empataba al Manchester con Lukaku y Pogba en el campo. Quezada y Franchu destacaron, y Theo tuvo un buen debut. Zidane sigue extendiendo sobre el equipo un efecto general de felicidad. No se salva nadie. Fue como si a Theo le hubiesen metido de un empujón en el círculo virtuoso.

Volvió a haber una pausa de hidratación en el minuto 75. Estas pausas parece que no las pide tanto el jugador como el público americano, que necesita estos intermedios para bailar y consumir. Julia Roberts estaba en la grada. La dábamos por madridista, pero al parecer se hizo una foto con la camiseta del Manchester, ojalá que fuera la de Fellaini.

Los jóvenes resistieron a un United que se fue relajando. Sus ganas equilibraban el partido. Ya el verano pasado, los canteranos dejaron a Zidane en buen lugar.

Las reglas del incomprensible torneo (la liguilla «International Champions Club») exigían penaltis. Los porteros se picaron y De Gea paró un par (se abrieron mini debatillos con esto). Fallaron Theo y Casemiro, pero la importancia de eso era menos que anecdótica. El partido deja el saldo real de Theo, un jugador rápido y potente para la banda izquierda del Madrid.

Fellaini

Lunes, 24 de Julio

Valle de Esteban

No digamos ni mu de eso que ha sido
ya, si sigue la luz, hecha camino,
en el cielo que antaño contemplamos
con ojos de un ayer, como ellos, claro.
Rilke

domingo, 23 de julio de 2017

Los demonios



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    La revelación de que a Savater las meditaciones del Joven Marías ante un bálano embravecido le recordaban a Dostoyevski me ha llevado de vuelta (¡no puede ser! ¡no puede ser!) a “Los demonios”, con tantas páginas maestras, ya ven, sobre el “Zeitgeist” de nuestra Santa Transición, que hasta Hannah Arendt, y a propósito, precisamente, de “Los demonios”, saca a relucir que a Dostoyevski se le concede “un talento para la previsión que roza lo demoníaco”.
   
 El tema de Dostoyevski (según las notas de Arendt sobre la novela) no es saber si Dios existe o no, sino si el hombre puede vivir sin creer en Dios: si el Dios al que el hombre debe obediencia desaparece, el hombre sigue existiendo, dispuesto para ser un criado, sólo que en vez de servir a Dios ahora es siervo de sus ideas; ya no es una propiedad de Dios, sino que ahora está poseído por las ideas, y éstas actúan como si fuesen demonios.
    
Además –habla Stepánovich en “Los demonios”–, la docilidad de los escolares y de los tontos ha llegado al más alto nivel; los maestros rezuman rencor y bilis. Por todas partes vemos que la vanidad alcanza dimensiones pasmosas, los apetitos son increíbles, bestiales… ¿Se da cuenta de la mucha gente que vamos a atrapar con unas cuantas ideíllas fabricadas al por mayor?
    
El narrador admite que lo que cunde es una irritación general, algo implacablemente maligno, como si todos estuviesen hartos de todo: reinaba, en fin, un cinismo incoherente y general, diríase un cinismo forzado.

    –De qué a qué fue nuestra transición es cosa que no sé ni pienso que nadie sepa. Las gentes más ruines adquirieron de súbito ascendiente entre nosotros y se pusieron a criticar a voz en cuello todo lo más sagrado, cuando antes no osaban decir esta boca es mía; en tanto que las personas principales se aprestaron de pronto a escucharlos, y callaban.
    
Gloria in excelsis Deo!
    
Y dice Hannah Arendt que esta novela es como si un alma desnuda hablase con otra alma desnuda.

Domingo, 23 de Julio

Valle de Esteban

De los pájaros primeros
que en este mundo han gorjeado,
de los pájaros primeros,
el zenzontle y el jilguero.
Y de los más apreciados
y de los más apreciados, yo conocí a un carpintero.
Son Jarocho

"Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo"

DOMINGO, 23 DE JULIO

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente:

-El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: "Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?" Él les dijo: "Un enemigo lo ha hecho." Los criados le preguntaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?" Pero él les respondió: "No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero."

Les propuso esta otra parábola:

-El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

Les dijo otra parábola:

-El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina y basta para que todo fermente.

Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré los secretos desde la fundación del mundo.» Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.» Él les contestó:

-El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será el fin del tiempo: el Hijo del Hombre enviará sus ángeles y arrancarán de su reino a todos los corruptos y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. El que tenga oídos, que oiga.

Mateo 13,24-43

sábado, 22 de julio de 2017

El trap




Hughes
Abc

Ayer, una cadena de indeseables acontecimientos hizo que saliera de casa. En lugar de estar leyendo artículos sobre la postverdad en internet hice “acto de presencia” (qué maravilla de expresión: acto de presencia) en una discoteca. La discoteca estaba dividida en subespacios o ambientes. Podías sentirte impropio en todos. Primero estuve en uno normal, ecléctico, entre Despacito y Wonderwall. El paso de las horas hizo que mi presencia allí fuera grotesca (ficus monorrítimico), así que decidí moverme. En el piso de abajo había dos salas que eran dos épocas. Una de música discotequera antigua, “máquina”. Había media entrada, muchos de esos muchachos llamados “canis”, antiguos bakalas. Las chicas bailaban haciendo un “pimpam” imaginario. Como si filetearan pechugitas de pollo sin parar. Eran gestos ostensiblemente antiguos, casi paródicos. Era una máquina del tiempo. La “mákina” se había convertido en remember. No es que apareciera la nostalgia en forma de emoción, la emoción allí era imposible, pero todo era conocido. Esa música son mis Pekeniques. Mi Fórmula V. Nunca vimos la música de la Ruta por su importancia tecnológica. Nos enseñó algo robótico. Una despersonalización por la tecnología. Como una preparación de lo que vendría después. Con el tiempo veo a esos bakaletas de entonces como pioneros de algo. Pero todo se lo ha llevado la Movidita de los pijos ripiosos y el madrileñismo cómo-molo.
 
El espacio, que en otro tiempo me hubiera parecido hostil y muy químico, “sustancioso”, se transformó en ternura para mí por comparación con la otra sala, muy distinta de música y público.
El aforo en la otra era extranjero y muy rico en razas. Más dinero. Más droga en los ojos quizás. Los Erasmus y turistas habían merecido la organización de una discoteca internacional. Gran ambiente europeísta. Estaba lleno, y en los altillos, hombres con aspecto iraní miraban como proxenetas a las bailarinas. Miraban como presos eligiendo pimpollito en las películas de cárceles. No había “mákina”, lo predominante era el hip hop, unos ritmos que consiguieron el entendimiento universal: rimas en árabe muy celebradas (de inspiración francesa), las clásicas americanas y el tradicional perreo latinoamericano. Fue aquí cuando lo vi claro. El ambiente era anglosajón, internacional, pero algo propio, cercano, se imponía. Porque lo que generó la histeria completa fue el trap. Perdido catetamente en el océano del hip hop internacional, sólo el trap me rescató. Cuando el dj hizo remezclas de Pure Gang el público enloqueció. Las muchachas restregaron sus pelvis contra todo. Parecían novicias namibias. Eran más “bitches”, querían ser más bitches todavía. Eran la personificación de ese personaje poético que es la “yung bitch”. Los anglosajones mascaban el tema con ganas, pero con dificultad. De un modo acartonado. Algo se les escapaba. El “bitches” sonaba español. Los árabes apreciaban el ritmillo meridional y el subtexto polígamo. Esa música es mucho más importante que Los Planetas en su tiempo. Más importante incluso que Taburete. El Trap mezcla hip hop con un “animus” caló, una proyección claramente quinqui, pero lo mejor es que su influencia latinoamericana lo hace “perreable”. Es gangsta latinorro caló. Una mezcla de sonidos que en su marginalidad resultan universales. La energía no sigue la habitual verticalidad del rapero-metralleta. El sonido es internamente latino, y esto genera una energía distinta. Se baila hacia abajo, hacia la tierra.
 
El machismo del reguetón paradójicamente incluye a las mujeres. Ellas son poderosas. Retan, conocen su importancia definitiva. Tina Turner, autora del protoperreo, primera apuntadora del movimiento, parecería Julie Andrews (Tina Turner… ¡pero qué antiguo!). Las chicas Stereolab de mi juventud eran asexuadas, frías. ¿Por qué nací en esa época absurda?). El grunge, creo que fue el grunge, arruinó sexualmente la música. ¿Qué se puede esperar de una generación que idolatraba a Winona Ryder? Me acordé de aquel verso de Larkin. El sexo se inventó en 1969, demasiado tarde para mí. Entre el landismo y el trap, cuánta farsa hubo que protagonizar… La sala sudaba. “Pijas de mi ciudad·” pegaban a ingleses (gran regocijo), miraban droga, enaltecían al macarra, el discurso rapero del drogata. Bailaban como los hombres, pero sobre los hombres, con una sensualidad boricua.

En el trap se mantiene el yo con bling bling del gansta, pero enriquecido con algo latino que se convierte en baile. Las dos cosas son “importadas”, sorprende un poco, pero se han incorporado plenamente. Esos jóvenes están a otra cosa. Sentirse mayor ante eso no es difícil, pero tiene algo generoso, integrador. Te sientes rápidamente uno de la banda de Yung Beef, de los que salen detrás en sus vídeos montando una bici coja. Por fuera sería el señor Hulot. Tati en una discoteca. Por dentro, me llevaba un flow macarra. Todos nos mirábamos como si fuésemos a sacar la pipa, pero sacábamos el móvil. En plan “Me escribe mi dealer”. Deseé tener algún diente menos, y deploré mi camisa remangada. Qué aspecto de cretino. Hubiera ido tan bien con camiseta de pollero…

Villar

Chanclas anti-levante
Te afirman en el suelo, pero descubren  las pedestres impurezas

Francisco Javier Gómez Izquierdo

       Lo de Villar me pilló en Barbate huyendo del infierno cordobés. Lo del primer día. Me lo dijo el “Denia” cuando me senté en la hamaca después de mis kilómetros reglamentarios pisando una arena que alguien trajo del Paraíso. “Con ése no hay Levante que pueda”, me atreví a decir, convencido de la inviolabilidad del eterno presidente de la FEF.  Ha resultado que sí. Que los vientos erosionan y dejan inmundicias al descubierto.

        Ángel María Villar  Llona, el presidente de nuestra Federación, creo que allá en los 80  empezó con buenas intenciones, pero como suele ocurrir a partir de ciertos niveles, al olor de los millones y con la llegada de abogados y tesoreros duchos con los que es obligado tener amistad, el hombre torció conciencia e inclinaciones y, como además la UEFA y la FIFA, las autoridades a las que estaba obligado, le permitieron y aplaudieron actuaciones vergonzosas a ojos de mentalidades inocentes como las de un servidor, se quedó a vivir en un castillo viciado al que consideró de su propiedad.

     Creo que los que le fueron pudriendo son aquellos que eligió como generales. Los Samper y sus influencias. Los Padrón y sus tentáculos. Personajes habilísimos en colocarse donde hay y que imagino se presentaron como amigos del fútbol. Yo veía a Samper y decía "malo". A Padrón, y "remalo". ¡¡Que dos familias!!

     La verdad, no sé qué decir, porque todo era más que evidente. Partidos amistosos de la Selección en América con futbolistas a los que pagan otros ¿a santo de qué? El inquisitorial control sobre el voto de las territoriales a las que se amenazaba con negar dineros necesarios o se hacían llegar “bufandas” no presupuestadas como gestos de buena voluntad. ¿Y qué decir del terror de los árbitros cuando su Federación tenía un año de tibieza con el presidente Victoriano?  “En Primera siempre hay árbitros cántabros, tinerfeños y asturianos. Cuando Samper, también murcianos”, le contará cualquier árbitro al que usted pregunte. Y luego los modos del último período. Miraba como un amargado, se movía como un amargado y hablaba como un amargado. Un amargado irracional y despótico que llevaba la culpa en cada arruga del rostro.

    Creo sinceramente que en la FEF pasa lo mismo o parecido que en muchas, y soy indulgente,   Federaciones de Fútbol del Mundo. Y lo creo porque no hay  mundo que mueva más dinero que el del fútbol, si exceptuamos  el de la droga y  tengo la certeza que hay lugares a los que siempre va el mismo tipo de gente. Havelagne, Grondona, Platini, Blatter, Villar... no son accidentes. Son la lógica de unos tiempos ante los que quizás sobran  leyes y demasiado hipócrita escandalizado por no jugar  donde juegan  otros y falta voluntad en la regulación y control de lo que siempre corrompió, corrompe y corromperá: el dinero.