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jueves, 17 de mayo de 2018

San Isidro'18. VIII de Feria. Del "¿Quién se ha muerto?" a la comunión con orejas chicas

El Rey de los Toreros

José Ramón Márquez

-¿Quién se ha muerto?

Esto pregunta un señor a mi izquierda cuando se detiene el paseíllo y se guarda el, más o menos, minuto de silencio.

-Es que hoy hace noventa y ocho años de la muerte de José Gómez Ortega, Gallito, en Talavera de la Reina.

Éste es el nivel en el inicio de la corrida número 18 de las de la temporada, octava de la Feria del Isidro, para que nadie se llame a engaño. Hoy por primer día en lo que llevamos de Feria colocaron en las taquillas el primer cartel de “No hay billetes”, para que se vea a las claras lo que muchos buscan en el abono. Sobre el lleno hay que matizar que lo mismo era un truco de mercadotecnia de Domb, que él tiene estas cosas y a lo mejor el cartel tenía algo de lockout porque se veían huecos, no muchos pero los había, y desde luego en el asiento se estaba ancho y a gusto, no como en las corridas de auténtico reventón. En cuanto a lo del personal que compró su entrada, la verdad es que día a día  no conseguimos conocer a casi nadie en los alrededores, como si en lo que va desde el año pasado hasta el presente hubiese habido una deserción masiva de los habituales. Otro misterio.

El momento de más emoción de la tarde se produjo pasadas las nueve de la tarde, cuando el toro llamado Rosito, número 131, castaño chorreado en verdugo, acudió al cite que le hacía Manuel Cid (a quien un célebre crítico hizo hermano de Manuel Jesús el Cid en otra de sus humoradas sin vaso) desde lo alto del penco guateado. El toro se consiguió colocar en la trasera del aleluya y levantando con facilidad los cuartos traseros del arre le fue facilísimo hacer caer al picador por encima de la cabeza del caballo y luego poner al propio équido en el suelo, para a continuación encelarse con él y, con un monosabio coleándole, aún consiguió pegar una fuerte cornada en el muslo del aleluya antes de que los capotes se llevasen a Rosito a otros menesteres.

Los toros, que no se había dicho, pertenecían a ese megamix de sangres que se etiquetan como Núñez del Cuvillo pero que para muchos es, simplemente, la estirpe de Idílico, señor de las Adelfas indultado por Tomás en Barcelona, cuya extraña muerte, nunca suficientemente explicada, daría para uno de los estupendos reportajes de Cuarto Milenio. Para quien no sepa de esto, los cuvis son los toros que se estilan, los que son el “must” de la parte alta del escalafón, los que se crían pensando en la faena de muleta, los que llevan en sus inocentes embestidas la promesa firme de las grandes faenas contemporáneas, los que han sido seleccionados para no dar miedo, los toros con los que los toreros pueden “sentirse muy a gusto” porque “me han permitido expresarme”, como si dijéramos los toros de la libertad de expresión. Los toros se vienen a Madrid acompañados de dos mayorales que ocupan su asiento en el burladero que pone “Mayorales”, con sus trajes cortos y su sombrero de piel de conejo,  y para que se vea que la suya es ganadería que está a la última en el uso de las tecnologías, uno de ellos porta una videocámara con la que se graba la corrida entera, que las noches de invierno en El Grullo son muy largas, sobre todo si hay levante, y allí se juntarán con el amo don Joaquín para mirar los planchazos que se pegaron los toros el día 16 de mayo en Madrid, como el que ve el vídeo de la boda del vecino.

En cuanto al juego del ganado, aparte de la blandenguería consustancial al hierro y el poco interés por la cosa equina y, en general por el mundo de los picadores, fue el esperado en esta vacada: pocas o ninguna idea, persecución de las telas mientras sus menguadas fuerzas lo permitan, entrega total a lo que se les diga, exigencia nula para sus matadores, colaboracionismo, en una palabra al servicio de las magnas obras de arte que se presupone que se van a realizar sobre bases tan seguras. Y la verdad es que si estos seis galancetes de hoy los llegan a pillar por banda en su buena época Miguelín o Diego Puerta, o Palomo Linares o, qué se yo… ¡Carnicerito de Úbeda!, no cabe duda de que los hubieran mandado a los seis al desolladero sin orejas y sin rabos, pero los tiempos han cambiado y ahora es la solemnidad quien se va haciendo la dueña de las Plazas de Toros y como la cosa artística es la que impera, las gentes esperan del matador una actitud como sacerdotal, llena de unción, que esto cada vez es menos Fiesta.

Así que el que buscase unción ahí tuvo a Antonio Ferrera para pegarse un atracón, que yo no sé quién le habrá inoculado las palabras ofidias y le ha inmiscuido en la cosa artística en versión “viejo maestro” y el hombre lo ha interiorizado de una forma total con lo que ahora Ferrera a) lo hace todo con parsimonia como en las obras de teatro contemporáneo en que varios actores suelen ir en pelotas b) se pega unos paseos entre serie y serie que se queda el toro allí parado donde le dejó para luego volver al mismo sitio y c)  a veces deja el estoque de madera pinchado en la arena y prosigue su labor sin él, cosa que extasía a cierta clase de  público. En su primer cuvi, Ferrera puso en marcha todo lo dicho y, por momentos algunas cosas le salieron bien, especialmente el remate de una serie de naturales con un cambio de mano por delante que da lugar a un redondo, que se sigue con un cambio de manos por detrás para enhebrar un natural rematado por alto y en seguida finalizar con un pase de pecho. También hubo algún momento bueno toreando con la derecha y una estocada bien ejecutada que le valió una oreja. En lo negativo esos paseos interminables en que explora introspectivamente su mundo interior y esa absurda manía de dejar el estoque simulado clavado en la arena. Y al fondo, la constatación palmaria de que Antonio Ferrera necesita más toro que el cuvi, que se le queda muy corto, como le pasó en el segundo en el que tuvo que torear de enfermero con la muleta a media altura y cuando la bajó, el bicho se fue al suelo. En el segundo toda su introspección no le sirvió para ver lo pesado que se estaba poniendo y alargó de manera innecesaria su faena, vaya usted a saber por qué. Hay que verle con toros, que es lo suyo, como quedó dicho.

Manzanares III no ha visto un toro, lo que se dice un toro, en su vida. Él va de cosa fina, de boda real, de Vogue Uomo, y desde aquel remoto día en que nos hizo soñar en que sería un torero grande, no ha hecho otra cosa que abusar de su innegable esteticismo a cambio de casi nada, taurinamente hablando. Con su primero, que cabeceaba un poco, estuvo amontonadillo y hasta vulgarote y cuando el torero se iba a por la espada de verdad el toro se echó al suelo, para que se vea el cariz del ganado. En su segundo, Tristón, número 69, un jabonero sucio que parecía que venía de currar en un taller mecánico, nos dejó un primor de capoteo y un toreo de nonada apoyado en la estética, sin colocación, sin compromiso y sin pasión, lo que antes se decía “aseado”, que fue jaleado con no mucho entusiasmo. Muy poco para lo que se espera de uno de los reyes del escalafón, poquito toreo y poquita ambición, acaso pensando en salir de Madrid cuanto antes. Mató a sus dos toros con su característica facilidad y por arriba y le dieron la oreja del segundo. La estocada valía la oreja, pero es poca cosa para un hombre de quien se espera más.

Y de tercero el camaleón, Talavante, que hoy venía embadurnado de gomina y recordaba a Javier Conde. La gran apuesta con Tala es ver de qué palo va cada día y en su primero parecía que estaba en lo de imitar a Ponce, con un inicio sacándose al toro hacia el tercio con la pierna flexionada y rematado con un cambio de mano y uno por alto. Luego dos series de redondos donde se pone ventajista de pata atrás, a lo moderno y dejando que el toro vaya enhebrando los muletazos con sus condiciones y, cuando recibe la admonición desde las alturas sobre su colocación, corrige la posición y dicta una buena serie con la izquierda demostrando que si quiere, puede. La faena tiene sus altibajos, el torero hace algún bonito adorno y cuando le metió el estoque entero dentro al toro, un poco trasero, la verdad sea dicha, le pidieron la oreja. El toro fue el más toro de la corrida, atendía por Aguador y llevaba marcado a fuego en su cuero el número 255. En el sexto, el del caballo del principio, Talavante vio las condiciones del animal, la manera en que el toro se movió en banderillas, se fue a brindar al público y en seguida lo citó en los medios, donde Rosito acudió de mil amores e hizo concebir esperanzas sobre la faena que vendría, pero tras el remate de pecho de la serie inicial decidió que hoy no era el día de echar la pata hacia adelante y de lucirse con el toro que iba e iba sin cesar, dejándonos un catálogo del neotoreo más vil, que excitó una barbaridad a parte del público y que jalearon aquel latón como si fuese oro molido. Luego falló a espadas y la previsible oreja se quedó en nada.

Que hoy, con esos toros, no haya habido un triunfo muy fuerte de la terna indica de manera bien clara cómo está esto. No les basta con los toros que ellos mismos pastorean por el campo, no les basta con tener la plaza bizcochona y ansiosa de darles el triunfo, no les basta con nada. Hoy deberían haber salido los tres por la Puerta Grande y se fueron al hotel con una oreja por coleta. Les importa un bledo. El que más tiene que perder es Ferrera.

El tercio de varas hoy fue técnicamente inexistente y del segundo tercio lo único reseñable fue lo bien que estuvo Juan José Trujillo pareando y la pena que da ver a Montoliú tomar el olivo, cosa que hizo en el segundo de sus pares al cuarto.


Padrenuestro de la Nada por Gallito

Gol de Griezmann