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sábado, 14 de abril de 2018

Las Córdobas de un burgalés. Iglesia de la Diputación

 La Merced por dentro
Ayer

 La Merced por fuera
Ayer

La Merced
El 30 de enero de 1978

 
Francisco Javier Gómez Izquierdo

         Como quiera que hace tres años accedí a que se me practicara una analítica y aparecieran evidencias de una diabetes tipo 2 a la que debo vigilar y cuidar para que no crezca, tengo dicho que recorro Córdoba casi todos los días con un ritmo alegre y entretenido. La distancia no suele estar predeterminada. Salgo pronto y tras los tres kilómetros largos del Vial -paseo marítimo lo llaman los cordobeses- suelo explorar las zonas laberínticas de la Judería, Realejo, S. Lorenzo, Santa Rosa.., que hasta los barrios modernos se hicieron con esquinas escondidas, y raro es el día en que no encuentro curiosos rincones olvidados hasta para los cordobitas de toda la vida.

       Ayer mañana, después de estar toda la noche en la mina, iba cavilando hasta donde puede llegar un humilde bachiller sobre el afán de titulitis de los padres de la patria. Al superar Colón me topé con el palacio de la Diputación y me acordé del hospiciano Rafael y cómo unos jóvenes licenciados de Jaén, opositores con éxito en las faenas del Estado, encomendadas a un servidor, me suelen pedir que les cuente cosas, casos y sucedidos de Córdoba, me atrevo en plena primavera, época de viajeros, turistas, visitantes y demás especies movedizas a sacar en Salmonetes... mis paseos por si al improbable lector le llama la curiosidad de un modesto catálogo de lugares, lejos, ¡claro está!, de las magníficas descripciones del extraordinario cronista local del XIX nacido en Cádiz, don Teodomiro Ramírez de Arellano y Gutiérrez de Salamanca en sus “Paseos por Córdoba”.
      
Rafael anda cojo por los setenta años y me cuenta que fue hospiciano en el edificio que es hoy la Diputación, ese “paraero” de pájaros buscando nómina. El Lugar de Caridad se trasladó al Parque Figueroa y el palacio-hospicio se convirtió, rehabilitado, en Diputación. En 1978, es decir, hace justo 40 años, y recién rehabilitado el retablo de la Iglesia de la Merced, la iglesia del palacio, el edificio salió ardiendo porque alguien lo quemó. No fueron los comunistas o anarquistas como en la Guerra Civil, de ahí su reconstrucción a principios de los 70 (téngase en cuenta que estamos en el sensible año 78), sino uno de los  niños del Hospicio que opositó para trabajador de la Diputación y como ni aprobó ni entendió que hubiera que hacer un examen para que gente extraña ocupara “su casa” vengó el deshonor quemando el retablo que Alonso Gómez de Sandoval, gran escultor cordobés realizara hacia 1770. El retablo, las pinturas, esculturas, etc... todo ardió en el fuego purificador del endemoniado.

     Uno aprendió que el pastor Eróstrato quemó el templo de Diana en Éfeso, una de las maravillas del mundo, para alcanzar fama. El caso del hospiciano de Córdoba del que Rafael me dijo su nombre y apellidos pero no me acuerdo, es mucho mas pedestre. El hospiciano quería una paga vitalicia porque lo consideraba un derecho de herencia. El conocimiento que el hospiciano incendiario tenía de las dependencias civiles y religiosas del Palacio hoy es posible que alcanzaría el valor añadido de ser considerado éso que llaman Máster, que ¡hay que ver lo que inventa la gente para parecer!
      Hace dos años se volvió a inaugurar la Iglesia mercedaria, las pinturas, esculturas y el retablo basándose los restauradores en fotografías que han conseguido devolver ése esplendor barroco tan grato a los ojos andaluces.

     Si usted va a echar un día o dos en Córdoba acérquese a la Diputación. Está cerca de todos los sitios. El edificio es llamativo por fuera y por dentro. Está todo el día abierto. La iglesia creo que también pues se celebra culto regularizado. Ayer a las 10 entré y con el móvil saqué las fotos que aquí veis.

     Querido señor editor, sepa usted que de vez en cuando asomará en Salmonetes..., si no lo tiene a mal, el rincón cordobés que encuentre o recuerde mi diabetes.