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lunes, 12 de febrero de 2018

Una película maravillosa



Hughes
Abc

La última película de Clint Eastwood, “15:17 to Paris”, cuenta la historia de los jóvenes estadounidenses que evitaron una masacre terrorista en un tren europeo. Los protagonistas son ellos, no han sido sustituidos por actores y las críticas están siendo malas, incluso muy malas. Yo no sé nada de cine, pero me pareció una película especialmente emocionante. Es la siguiente en una serie de retratos del héroes americanos: American Sniper y Sully. Y la que diciendo menos quiere decir más.

Me gustan todas las películas de Eastwood, las que dirigió y las que protagonizó, con la única excepción de Mystic River, y jamás, ni siquiera en Los Puentes de Madison, me había emocionado tanto ni tan rápido.

Pasé un mal trago en el cine porque me avergonzaba mucho mi estado conmovido. Al lado había un señor que se quejaba todo el rato. Hay en la película un tramo poco comprensible, quizás difícil para el espectador. Es como un vacío. Sucede cuando los tres amigos recorren Europa como turistas: un selfie, una visita a Amsterdam, la Fontana de Trevi… ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene? No pasa nada, no ocurre nada. Lo importante de ellos, su pasado y origen, se ha contado antes, con el relato de su infancia.

Niños con trastorno de atención, hijos de madres solteras. “Mi Dios es mayor que sus estadísticas”, le dice una de ellas a la pesimista terapeuta. La historia de la amistad infantil es hermosa. Pero sobre todo lo es la simpleza de los elementos que educan al más protagonista de los tres, Spencer Stone: la pasión por las armas, su pegatina de la NRA, su pueril patriotismo, la oración y el deseo de enorgullecer a su madre. “No quiero que mi familia piense que morí escondido debajo de una mesa”, dirá después.

Cosas muy elementales. Noté alguna risa irónica cerca de mi asiento cuando el niño rezaba. “Hazme, Señor, instrumento de tu paz”. Esa oración le ofrece sentido y cimenta su ideal de vida: ayudar, dar.
Pero nuestro héroe es tan torpe, tan corto, tan falto de “percepción profunda” que no podrá ni dedicarse a ello. El protagonista es simple, es un hombre simple, de inteligencia pobre. Yo no sé si se ha visto bien la impresionante simplicidad de la película y cómo Eastwood les retrata en toda su candorosa humildad. La valentía del protagonista cuando acepta exhibir sus limitaciones. Es enternecedor su paso por Europa, su mirada a las cosas, a cosas que le exceden. Se abandona toda pretensión. Son de una normalidad absoluta. Es que esos minutos de los tres en Europa son un hito. Su bondad y candidez parece tener algo anestesiado, alguna carencia. ¡Su paso es tan puro!
Creo que llega al grado cero de su retrato del americano normal. Directamente lo pone a actuar. Rechaza al actor, rechaza al profesional y la visión actoral, hollywoodienese de lo que es un “americano normal”. Rechaza el cliché del acento, del gesto. Opta por darles a ellos la oportunidad de ser, de expresarse. Stone parece el recluta patoso. Skarlatos es lacónico. Sadler es el único con sonrisa. Pero al retratarlos sin efectismo, vemos mejor cómo se produce su heroicidad. De qué sencillos presupuestos brota.

En Europa, conmovido quizás por la grandeza y belleza de sus capitales, Stone siente la llamada del destino. Algo le empuja. Se pone trascendente, es verdad, y casi pide disculpas por ello. En las últimas y maravillosas películas de Eastwood, imitadas por otros directores hasta conformar un subgénero reciente de cine nacionalista, se recuperan los valores republicanos y americanos. Aquí también. Es el legado de un hombre de casi 90 años. Creo que es un testamento de sabiduría no necesariamente política. Pero esta película tiene algo especial que la aproxima al misticismo de Mel Gibson. Más sutil, con el subrayado de ese piano tan suyo. Y es en ese punto donde la película se vuelve otra cosa. Es otro estudio del heroísmo, con algunas diferencias. No tiene la solemnidad y los claroscuros morales de American Sniper, ni tiene la exacta complejidad de Sully, que analiza un momento de crisis, la fragilidad y la responsabilidad del hombre ante la técnica. En Sully impresiona el homenaje a los servicios de emergencia, de protección civil, de rescate. Aquí no hay esa mirada reflexiva (y asombrada) a lo que compone el funcionamiento social o la trascendencia del deber y del mero trabajo individual. Hanks podía expresar las dificultades de un hombre corriente ante la posibilidad de la tragedia. En Sully era la casualidad, aquí es el destino. Y no hay un actor, sino tres hombres de rostro inexpresivo que sólo pueden ofrecer su humanidad. Especialmente Stone. En American Sniper hay una predestinación distinta. Una pulsión casi discutible. Aquí hay una inclinación mística. Sully explica lo que podría ser un milagro, y en esta película vuelve a rozarlo.

Clint Eastwood está haciendo, casi a sus 90 años, un estudio del milagro y del heroísmo. El niño que sólo miraba por la ventana, que no tenía “percepción”, que tendrá al final la suficiente para entender una llamada fatídica. El héroe de Eastwood es alguien normal. Incluso alguien con problemas. Alguien inadaptado o un simple trabajador. Sus héroes habían sido el pastor, el protector, pero aquí es alguien con un presentimiento, uno de los últimos, de los incapaces. American Sniper, Sully y ahora estos tres chicos: evolución del héroe, posibilidades del héroe.

La escena en la que Spencer Stone sirve un zumo al militar negro tiene la belleza del mejor cine clásico. En Eastwood eso que tanto se pregona ahora, “los valores”, brillan, se hacen casi tangibles, toman forma. Vemos el respeto, la vocación el agradecimiento. Su restitución del militar será criticada, claro. Su cine parecerá cine de propaganda pero no tiene intención panfletaria y se hace con humildad y sencillez. No es cine patriótico, lo que hay de fondo es espiritual.

No considero un fracaso ni risible la intención virtuosa de esta película maravillosa. Los minutos en los que los protagonistas sólo son, aparecen sin más, no son un “fallo” o un “patinazo”, son un prodigio de normalidad. Son una cima. Nos está ofreciendo el retrato de algo fabuloso que nos estábamos perdiendo. Escuchamos sus frases coloquiales, sus diálogos reales queriendo descubrir algo. Pero no hay nada más. Son ellos, simplemente ellos. Sin artificio ni complejidad. ¿Veis queésimples son, qué hombres tan poco brillantes y sofisticados, qué hombres casi estúpidos?

En Sully la canción decía “Tell me your story, I’ll tell you mine”. Aquí la amiga alemana de Skargatos le dice: “Todos tenemos una historia”. La oración que repite Stone parte del yo: que donde haya odio, yo ponga amor; que donde haya tinieblas, yo ponga luz… Es perdonando como se es perdonado, es muriendo como se resucita a la vida eterna. La oración ha dado sentido. La llamada ha sido construida por la oración. ¿Consigue esta película que salgamos mejores del cine? Sí. Mucho mejores. Creo que salimos predispuestos al sacrificio y al milagro. ¿Pero qué maravilla es ésa? Admiramos a Stone, capaz de escuchar dentro de sí una voz casi inaudible. “Falta de percepción profunda”, le diagnosticaron.