Follow by Email

lunes, 4 de diciembre de 2017

A la sombra de Montaigne. Episodio IX. Griegos contra turcos

 Griegos contra turcos
Estampa popular griega


Jean Juan Palette-Cazajus


Novena singladura, desde el pasado 24 de septiembre, amén de algunas otras escaramuzas más breves, en compañía de un escéptico de buena ley, Montaigne y sus desengañadas consideraciones sobre semejanzas y diferencias. Limitamos nuestro propósito al ámbito europeo por no dilatar más de la cuenta el folletín. Si no, hubiésemos visto que dondequiera que haya dejado huella Europa de sus ideas y de su historia también han surgido naciones y nacionalismos fieles al modelo que estamos tratando de revelar. Un modelo mecánicamente creador de identidades, de preguntas sobre las identidades y de conflictos de identidades. Un modelo que no es el mejor posible pero de ninguna manera el peor. Todas las identidades humanas son construidas. Incluso las clánicas, las tribales, las más primarias. En este último caso quienes las ostentan se piensan hijos de un mito originario. En Europa muchos han recurrido o siguen recurriendo al mito originario. La diferencia es que podemos demostrar que mienten. Aunque no sirva para nada.

Los míos son los verdaderos y únicos humanos, los de enfrente son piojos. Así resumía Lévi Strauss la cuestión, en artículo ya clásico. Esta herencia del “proto sí” social como lo llamaría Antonio Damasio, la seguimos compartiendo en el fondo todos los humanos. Algunos pensamos tener sepultado el Chernobil nuclear de los odios primordiales bajo suficientes capas de plomo racional para tener controlada su radiactividad remanente. Pero ni así nos podemos fiar. Los resurgimientos históricos del sentimiento de identidad siempre tienden a depauperarnos. De ninguna manera cuestionamos la legitimidad de su existencia sino los desastres que acompañan inevitablemente la sintomatología de su expresión. En el sentimiento de identidad histórica, nacional, coexisten expresiones de todas las capas evolutivas del cerebro humano, las más biológicas y las más culturalizadas. En la sociedad humana coexisten organismos complejos y organismos unicelulares. Las expresiones del sentimiento comunitario son las únicas en que llegan a coincidir ambas categorías. De modo que si la defensa de un sentimiento de identidad nos obliga a bajar a la trinchera, ahí tendremos que coexistir con la degradante compañía de los organismos unicelulares. Degradante en el sentido tanto moral como químico. Nosotros queremos creer que la razón construye la legitimidad  de nuestras identidades y procuramos que la lucidez muestre a un tiempo su relatividad. Desconfiamos del inevitable substrato irracional de toda identidad. Tal substrato constituye en cambio todo el bagaje perceptivo de nuestros indeseables compañeros de trinchera. Ellos siguen rigiéndose por el modelo de Lévi Strauss: si no son de los nuestros, son piojos. Por más que toda nación sea un milhojas de experiencias contrastadas, para los unicelulares es el espejismo de una evidencia primigenia y totalizadora. Por esto quienes la suelen secuestrar y monopolizar en los momentos en que la historia desvaría, suelen ser los organismos simples, paradójicamente los más ajenos al denso acervo que se trata de asumir y defender. La tragedia del amor a la nación es esta inexorable obligación de compartirlo con quienes representan la faceta más indigente e ilusoria de su realidad.

 Lord Byron muy color local

Hace poco irrumpía la noticia sobrecogedora del suicidio, en plena sesión del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY), de un ex general bosnio croata, condenado por crímenes de guerra. La historia de Slobodan Praljak, ilustra de forma ejemplar nuestras consideraciones. Intentó por todos los medios, incluso la sangrienta limpieza étnica, contribuir a la creación de una Gran Croacia que incluyera los territorios del suroeste de Bosnia, de mayoría croata. Recordábamos hace unos días que tales brasas siguen candentes. En aquel cerebro, detonaron por contacto las dos sustancias explosivas del sentimiento de identidad comunitaria, la sacrificial y la depredadora. 

Este suicidio espectacular ha sido el último avatar de los trastornos ocasionados por la pertinaz presencia otomana. Resumimos hace poco la odisea de los países que integraban la difunta Yugoslavia. Pero la matriz de toda esta cuestión estaba en la fachada mediterránea de aquella europa suroriental, concretamente en el litoral del mar Egeo. El primer país en conseguir su independencia de los otomanos fue Grecia, nominalmente desde 1821, oficialmente desde 1830. Pocas historias modernas han dado lugar a tantos malentendidos. Pocas demuestran mejor el peso y la actualidad del sedimento de los siglos. Hace pocos años, en plena crisis griega, cuando la dureza teutona tronaba contra “la cigarra del sur”, tuvo cierto eco mediático un pequeño vídeo realizado por los alumnos de un profesor murciano. Su título era algo como “Lo que debemos a Grecia”. “Gracias, Grecia, por Pericles y la Democracia -venía a decir-, gracias por Sócrates y Aristóteles, gracias por el Partenón y por Fidias...”. En Grecia, el vídeo de los murcianos abrió varios telediarios entre lágrimas de las presentadoras.

 Un klefta griego hacia 1830

Estas lágrimas decían bien el dolor esquizofrénico de la memoria griega. Grecia se sacudió el yugo otomano antes que sus vecinos, gracias a la relación maternofilial con que la rodearon las grandes naciones europeas. Era el auge de lo que se conoció como “filohelenismo”. Basado en un malentendido que se puede calificar de trascendental y perfectamente encarnado en las vicisitudes de Lord Byron. Las élites europeas fantaseaban con una Grecia clásica, esculpida en blanco mármol de Paros. En suma la Grecia del vídeo murciano. En los albores de su independencia, los occidentales disfrazaron aquella Grecia con la clámide de la herencia helénica pero no era esta la identidad que la conformaba. Digamos que si la Europa de cultura católica es inicialmente fruto de la ruptura con la Antigüedad Clásica antes de un reencuentro conocido como Renacimento, muy otro es el itinerario perceptivo de los griegos con su propia historia.

La Grecia actual considera que su historia empieza con la conversión al Cristianismo del emperador Constantino (272-337). No entenderemos nada si no tenemos en cuenta que para la conciencia griega la verdadera capital no es Atenas sino Constantinopla. El dolor inmarcesible de su pérdida conformó el inconsciente nacional. No entenderemos nada si olvidamos que el concepto de “Imperio bizantino” es un invento europeo decimonónico. Tras la caída, en 476, del Imperio occidental, el de Oriente siguió considerándose como la única Roma y así se autodenominó hasta la toma de Constantinopla, en 1453:  Basileia Rhōmaiōn, Imperio romano. Y “romaioi” o “romioi”, es decir romanos, se consideraban sus habitantes por más que el griego fuese idioma oficial del Imperio desde 620.  Y “romeos” se los conocía en Occidente.  Sólo más tarde empezaron a llamarse también, “Helenoi” o “Graekoi”. Para los turcos, hasta la “Gran Catástrofe” de 1923, los griegos fueron siempre los “Rum”, los romanos, y por Iskandar Rumí conocen a Alejandro Magno.

 Delacroix
Matanzas de Quíos

Desde el Cisma de 1054 la Iglesia ortodoxa se considera legítima heredera de la Iglesia primitiva.Yace en la memoria de los griegos actuales el amargo recuerdo de la Cuarta Cruzada. En 1204, Venecianos, Franceses, Flamencos y algunos Alemanes –hordas bárbaras para aquellos súbditos romanos- tomaron Constantinopla, saquearon Santa Sofía, violaron y asesinaron a mansalva a quienes consideraban tan herejes como los sarracenos. Confrontada a la implacabilidad de las exigencias económicas europeas, la prensa griega aviva de vez en cuando el recuerdo de aquel trágico desencuentro. A partir de Pedro el Grande y de Catalina II, Rusia también quiso proclamarse Nueva Roma ortodoxa. Y no entenderemos bien la política de Putin, sin el recuerdo de la Constantinopla imperial y la presencia de un mismo rencor cultural frente a la usurpación del “Imperio de Occidente”. En el año  2000, el Patriarcado griego y los sectores sociales más afines desafiaron la directiva europea que exigía la supresión de la mención religiosa en el DNI. La presencia de la cruz define su bandera nacional. Hay quien dijo de los griegos que eran “etnoreligiosos”, como los sijs, los tibetanos o los judíos.

Tras la conquista otomana, fue la Iglesia ortodoxa la que garantizó la cohesión cultural y salvaguardó la continuidad histórica de las comunidades griegas. Esta continuidad fue facilitada por la institución otomana del “millet”, que regía, según los principios del Islam, el estatuto político de los “infieles”. Si los otomanos evitaron generalmente recurrir a la conversión forzosa de las poblaciones cristianas no fue por un generoso y anacrónico sentido de “tolerancia” sino por la vital necesidad, que tenía la Sublime Puerta, de granjear  las pesadas obligaciones fiscales, como la doble capitación, que pesaban sobre los dhimmíes, los no musulmanes. También por la necesidad de seguir practicando el  “paidomazoma”, que consistía en arrebatar a las familias cristianas el niño varón de mejores disposiciones, para integrarlo a los jenízaros, el cuerpo de élite del ejército otomán. Muchos entre los más humildes, incapaces de soportar tales cargas, se convirtieron al Islam y las consecuencias se hacen sentir hasta hoy. Con el paso de los siglos las poblaciones griegas absorbieron muchos aspectos de la cultura otomana, los más visibles culinarios, vestimentarios o musicales, pero también societales y comportamentales.

 Expansión territorial de Grecia, 1832-1947

De modo que cuando Lord Byron llegó a Grecia en 1823, nada tenía que ver la realidad con los devaneos filohelénicos. Quienes luchaban contra los turcos solían reclutarse entre “kleftas” y “armatoles”. Los primeros eran bandoleros y salteadores de caminos. Los segundos, auxiliares de policía reclutados por los turcos entre los propios kleftas para perseguir a sus antiguos colegas. Los papeles se intercambiaban con suma facilidad. El sentimiento nacional era mínimo, el instinto de rapiña máximo. La disciplina y la organización militar inexistentes. Las rencillas y las ambiciones personales, endémicas entre los cabecillas. Los métodos de guerra tan despiadados como los de los otomanos y la masacre de civiles rutinaria. En Octubre de 1821 las tropas del antiguo klefta Theódoros Kolokótronis degollaron a 8000 civiles tras la toma de Tripolizza, capital turca del Peloponeso. Pagando con la misma moneda, en abril de 1822, los otomanos mataron a unos 25 000 habitantes de la próspera isla egea de Quíos y deportaron como esclavos a otros 45 000. Episodio ilustrado por un famoso cuadro de Delacroix. Estos métodos acompasaron la relación entre turcos y griegos hasta nuestros días, si bien los turcos los practicaron siempre a mayor escala y con mayor eficacia y astucia. Entretanto, Lord Byron había enfermado, rodeado de anarquía e incompetencia. Moría en abril de 1824, menos por culpa de la dolencia que de los esperpénticos métodos de curación.

Al final hubo que echar una mano. En 1827, una escuadra conjunta británica, francesa y rusa destruía en Navarino la armada otomana (última batalla de la marina de vela). En 1828 intervenía Francia en el Peloponeso. La superficie de la Grecia independiente, sería una tercera parte del territorio actual. Se vio en seguida invadida por las misiones arqueológicas alemanas, francesas, inglesas, ansiosas por exhumar una Grecia clásica hasta entonces inalcanzable. Nuestra actual conocimiento de la Grecia clásica se forjó a partir de aquellas campañas. Las mismas naciones que excavaban Ática tenían que tutelar una Grecia anárquica y errática. Los sueños de Grecia suelen adoptar una forma esquizoide.  Primer problema, el de la lengua. Desde la época de la “koiné”, el griego común helenístico, la lengua había cambiado muchísimo. Particularmente durante los siglos otomanos. La gente hablaba distintos dialectos de lo que se conoce como “δημοτική” pronunciado “dimotiki”, o griego demótico, popular, fonéticamente cambiado por el proceso de “iotacismo” que fue cambiando las vocales en “i”. También plagado de palabras turcas. A lo largo del siglo XIX, los ilustrados crearon la “Kαθαρεύουσα” o “Katharévousa” un intento purista marcado por la voluntad de acercarse al uso antiguo y helenizar las palabras de procedencia ajena. Hasta 1981, la lengua fue motivo de constante y enardecida polémica, mientras regía la realidad cotidiana una compleja situación de diglosia: la literatura oficial, el derecho, la prensa, la tele hablaban en Katharévousa, la calle que a veces no la entendía, en demótico. Parece que el griego actual es fruto de alguna forma de partición salomónica.

 Mapa de la "Megali Idéa"

 Pese a su fragilidad política, Grecia desarrolla a lo largo del siglo XIX el sueño obsesivo de la “Megali Idéa”, la Gran Idea.  Es decir la aspiración a una Magna Grecia que reuniría alrededor de la reconquistada Constantinopla todas las zonas geográficas con mayoritaria presencia de griegos. No entraremos en el laberinto político de la segunda mitad del XIX. Devanando rápidamente el ovillo, llegaremos a la Primera Guerra Balkánica entre octubre de 1912 y mayo de 1913 donde la coalición de griegos, serbios y búlgaros vapuleó al Imperio otomano. Grecia consiguió notables beneficios territoriales, incorporándose definitivamente Creta y anexionándose parte del Epiro, Tesalónica y la Macedonia meridional, parte de Tracia y las islas egeas. La inmediata Segunda Guerra Balkánica opuso Serbia y Grecia a su anterior aliada, Bulgaria, descontenta con el reparto y solo duró un mes entre junio y julio de 1913. Nada cambió para Grecia que había aumentado su territorio en un 68%. Solo que si durante la primera guerra los búlgaros estuvieron a punto de tomar Constantinopla, durante la segunda perdieron todo el terreno conquistado en Tracia oriental, es decir en la llamada, ayer como hoy, Turquía europea. Aquello mostró a los helenos la dificultad de realizar un día el sueño contantinopolitano. 

Fuera de la Grecia continental y de las islas jónicas o egeas, a principios del siglo XX, las poblaciones de la diáspora griega ocupan, asombrosamente, las mismas bandas litorales que sus antepasados de la época helenística. Como entonces, sigue habiendo importantes comunidades griegas en las ciudades rusas  del Mar Negro o en Alejandría y otras ciudades del Mediterráneo egipcio. Pero la mayoría viven en Turquía. Los llamados fanariotas, fundamentales en la prosperidad del Imperio otomán, constituyen más de un tercio de la población de Constantinopla. Los griegos son mayoritarios en Esmirna y numerosos en la Jonia circundante. El resto de las comunidades importantes están en la zona conocida desde la antigüedad como el Ponto, es decir el litoral turco del Mar Negro. En total, el número de griegos ortodoxos en Anatolia y Tracia Oriental debía de rondar los 2 millones. Pero incluso donde eran mayoritarios vivían entreverados con las poblaciones turcas y otras minorías, como los armenios. Nacido en Creta en 1864 y muerto en 1936, 7 veces Primer Ministro entre 1910 y 1933, Elefterios Venizelos fue el hombre político más importante de la Grecia moderna. Su mapa de la “Megali Idéa”, racional, argumentado, completaba el territorio griego heredado de la segunda Guerra balkánica, añadiéndole la Tracia oriental al norte, con Constantinopla, así como Jonia, Esmirna y toda la fachada egea de Anatolia. Limitado por Creta al sur, el mar Egeo se convertía así en un idílico lago interior griego.

 Mapa etnicorreligioso de Turquía antes de 1910

Nuevo folletín inextricable resultó la política griega durante la Primera Guerra Mundial. Inestable como siempre, al borde de la bancarrota como siempre, el país atravesará cuatro años de guerra civil larvada entre liberales, seguidores de Venizelos y partidarios  de Francia y el Reino Unido, y monárquicos, partidarios de los Imperios Centrales.Tras un verdadero golpe de estado de Venizelos, Grecia entrará en guerra a principios de 1918, a tiempo de ayudar franceses y serbios a acabar con la odiada Bulgaria y recoger los frutos de la acertada elección. Primero obtiene en 1919 la codiciada Tracia Occidental en manos de Bulgaria. Entretanto se ha desmoronado totalmente el Imperio otomano, estigmatizado además por lo que se va sabiendo de las atrocidades contra los armenios. Se va sabiendo también que parecidas violencias se han ejercido y se siguen ejerciendo contra los griegos pónticos con un resultado vecino o superior a las 350 000 víctimas. De modo que, a partir de enero de 1919, la Conferencia de Paz de París cuyas recomendaciones serán recogidas al año siguiente en el Tratado de Sèvres, viene culminando el desmembramiento de lo que queda del Imperio Otomano y permite a Grecia rozar con los dedos el sueño de la “Megali Idéa”: los vencedores le conceden Tracia Oriental y Jonia con Esmirna.

Apenas desembarcadas en Esmirna el 15 de mayo de 1919, las tropas griegas se entregan a la añeja tradición grecoturca de las represalias y empiezan las matanzas de civiles. Veremos en el próximo episodio cómo se pasó sin transición de “La Gran Idea” a “La gran Catástrofe”.

Tropas griegas en Esmirna
Mayo de 1919