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sábado, 11 de noviembre de 2017

Del regeneracionismo en una tasca murciana



Honda tan anacrónico como la reforma del Carmelo 

Vicente Llorca

Comiendo con un amigo el otro día en un local murciano del centro de Madrid éste se empeñó en defender, una vez más, la tradición de los intelectuales regeneracionistas, que, según él, viene de la obsesiva preocupación por el tema de la nación desde la ruina de Castilla en el siglo XVI. Y que, insiste, aparece ya en el célebre soneto de Quevedo

Miré los muros de la patria mía
Si un tiempo fuertes ya desmoronados
De la carrera de la edad cansados
Por quien caduca ya su valentía


O incluso antes.

Mi amigo no lo sabe, pero no está nada a la moda. Se ha empeñado últimamente en hablar a sus alumnos de la polémica entre Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz sobre la esencia de la historia medieval en España –polémica que a él le tiene ocupado hace varias décadas. En ocasiones se sorprende de que nadie le haya refutado aún.

-A veces me miran un poco raro.

Está dando clase en un instituto de la Alcarria manchega, rodeado según cuenta por las primeras fundaciones de la reforma de los carmelitas, incluido un convento teresiano. Es el lugar perfecto para meditar sobre la crisis espiritual de la Contrarreforma, según afirma.

-Pero no sé si a veces se dan cuenta.

Ellos se lo pierden, pienso yo. Alguna vez he pensado en apuntarme a las clases del centro alcarreño en el invierno meseteño, sólo para oír hablar por fin de asuntos reales, como la literatura arbitrista de los ilustrados. En lugar de las banalidades y fantasías que en el resto del país abundan.

-Estoy leyendo estos días a Ángel Ganivet. He encontrado en él un hilo de reflexión que enlaza con el pesimismo de la Restauración – me cuenta luego.

-Yo de Ganivet sólo recuerdo algún poema sin esperanzas y su figura un tanto desgarrada en la triste Letonia.

-Tú eres un frívolo.

Ganivet, me recuerda luego, hablaba de la abulia como uno de los principales problemas del fin de siglo. En esto no era original, por supuesto. Todo el 98 se dedicó a escribir sobre la abulia, con un entusiasmo y profusión que la refutaban, por cierto.

Me cita un texto belga del cónsul español en Riga, que de pronto –como todo lo que me está contando– me parece extrañamente oportuno.

Si el fin de un período de reformas va a ser llegar a equipararnos, por ejemplo, a Bélgica, mejor es curarse en salud, es decir, mejor es no curarse y morir como hombres, borrarnos del mapa sin hacer nuevas contorsiones.

-Tengo la sensación de que últimamente se lee poco al 98.
 
-Puede ser. Toda la energía y el presupuesto oficiales se fueron hace años en celebrar los juegos verbales de la Generación del 27, que era para lo que daban las portadas.

Yo había regresado esos días de un viaje por Castilla. El campo seco, los pueblos, las tierras, esperaban el agua. Recordé unas páginas, excelentes, de Azorín sobre la sequía –situadas en su caso en el paisaje del levante del interior.

-El campo está esperando el agua. Hasta las casas la esperaban, me dio la sensación cruzando Ávila.
 
-Pues anda que tu Azorín es un escritor también actual...
 
-Es el único que ha descrito con precisión esta sequía.

El café era muy bueno, con cierto regusto a puchero. Del interior de Murcia, nos contó el dueño, traían un aguardiente que en nada tenía que envidiar al de Potes, el mejor que habíamos tomado los dos, convinimos ambos. Está bien que alguien del lugar defienda el interior de Murcia. Y la sierra de Alcaraz, más adentro aún.

-Tráiganos esa esencia de Yecla – le rogamos.

A esas horas se hizo la tarde un tanto espesa y municipal. Mi amigo, con la segunda copa, se puso a hablar a los presentes de la reforma de la orden del Carmelo, tema que, le dijo al camarero, le interesaba especialmente.

-Es un placer hablar de asuntos actuales –le expliqué entonces yo, envalentonado con los postres–.  Ahí afuera peroran sobre cosas inexistentes.