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martes, 10 de octubre de 2017

Cincuentenario de la Muerte del Che... y Cataluña

 El Che en Las Ventas, 1959

Jean Palette-Cazajus

Soy lúcidamente consciente de la diferencia de potencial intelectual entre Marcel Gauchet, eminente y profuso filósofo de las ideas políticas y el que suscribe. De modo que acaté durante años su rotunda negativa a otorgar un estatuto de religión inmanente o terrenal a las ideologías  revolucionarias y salvíficas aparecidas con la modernidad e indudablemente derivadas del mesianismo cristiano. Fui respetuoso pero no sumiso. La gracia santificante del intelectual se llama irrenunciable espíritu crítico.

La irrupción del islamismo político hace ya muchos años me obligó a reconsiderar la tesis del autor de “El desencantamiento del mundo” (Editorial Trotta 2013) para invertirla. Cada vez me pareció más evidente que desde el punto de vista de la legitimidad del debate democrático, una religión, cualquiera que fuese, debía ser tratada como una ideología. Reconocerle a una religión un estatuto especial en el marco de la sociedad equivale a acatar la veracidad de las instancias trascendentales de las que los creyentes se prevalecen y cuya indemostrabilidad ellos mismos admiten puesto que deben recurrir al concepto de “fe”, una de las más originales y extrañas entelequias engendradas por la mente humana. Veamos: si digo “no creo en Dios”, mi propia formulación acredita de forma performativa la realidad de lo que pretendo negar. Le da dos goles de ventaja al creyente, recién empezado el partido. Lo que para mí es un concepto histórico, una producción de la mente humana, mi propio enunciado le confiere solapadamente una realidad noumenal parecida a la que experimenta el creyente. En el espacio del debate el creyente tiene todo el derecho de acudir con sus propios valores pero con la obligación de dejar en casa sus referencias trascendentales, las del “otro mundo”, las del argumento de autoridad. Si acude al espacio del debate con ellas, equivale a llegar con una pistola y dejarla con chulería sobre la mesa de la tertulia. 


 Recién capturado

Es algo que ha entendido perfectamente la inmensa mayoría de los cristianos: por ejemplo, una cosa es un partido demócrata cristiano y muy otra el “Hezbolá” o “Partido de Dios”. Más de uno se estará preguntando: ¿Y qué corchos tiene que ver todo esto con la extraña pareja del título? ¡Cataluña y el Che! A mi modo de ver, más de lo que parece. La dimensión más subversiva del Islam es la absoluta confusión por parte de muchos de sus fans entre inmanencia y trascendencia. Absolutamente desprovistos de la vertebración de las cabezas occidentales alrededor de las leyes naturales, del manantial de sus inferencias y de la racionalidad crítica, Dios es para ellos una evidencia fenomenal. Para encontrar cabezas parecidas en Occidente deberíamos retrotraernos a los siglos X, XI o XII. Porque ya en el siglo XIII, en la batalla de Muret, por ejemplo, ya hay herejes y dubitativos. En esta gran paradoja reside a mi modo de ver una de las explicaciones del siniestro fenómeno llamado “islamogauchismo”. Lo que se clasifica bajo esta denominación corresponde a una absoluta confusión de géneros. Si tanto radical de las izquierdas salvíficas llega a padecer cierta indulgencia por el peor islamismo es porque tal ideología constituye de alguna manera su propia imagen especular invertida. Ya sabéis que buena parte de su indulgencia se debe a que ven en ellos “combatientes de la emancipación”, tal vez algo perturbados, pero legitimados por su pertenencia al mundo excolonizado, el de los eternamente humillados y eternos acreedores de un mundo occidental definitivamente deudor y culpable.

Acuérdense del Pregón de las Fiestas de la Mercé, en Barcelona, creo que el pasado 21 de septiembre, a cargo de la filósofa Marina Garcés que se acordó de “unos jóvenes de Ripoll [se refería a los asesinos de las Ramblas y Cambrils]  que tampoco estarán y sobre los cuales siempre tendremos la duda de si realmente querían morir matando”. Si muchos musulmanes son incapaces de imaginar una divisoria entre transcendencia e inmanencia, en el caso de la izquierda mesiánica también se piensa y se actúa con las palabras crísticas: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). Para ellos, ninguna solución política es jamás posible en la sociedad tal como se nos da, ninguna reforma, ninguna evolución, ninguna mejora. El “porvenir radiante” como decía con amarga ironía el escritor soviético Alexandr Zinóviev, hay que buscarlo en “otra” sociedad. Vemos todos los días como la gran mayoría social desconfía absolutamente de este tipo de planteamientos. Y si algunos consiguen una adhesión minoritaria ­­sustancial –es el caso de “Podemos”– es edificante buscar en las hemerotecas algún que otro discurso del “Coletas”, donde reboza la tuera en almíbar, y aconseja a sus huestes usar la palabra “democracia” para intentar pasar de matute la dictadura del proletariado.

 Santo Entierro

El problema no es tanto que el concepto de “otra sociedad” sea peligroso, absurdo, desastroso. Semejantes calificativos sólo sirven para hacernos olvidar que tal concepto, más allá de toda adjetivación, sirve para denotar un producto irracional, patológico. Marcel Gauchet no supo valorar la capacidad que tiene esta gente para invertir, como los musulmanes el orden histórico de la trascendencia y tratar de imponer el Cielo donde estaba la Tierra. La idea de imponer el Cielo sobre la Tierra ha sido, históricamente, la mejor manera de traer el Infierno. Si toda religión se entiende mejor en tanto que ideología, toda ideología busca inconscientemente los fines de la religión.

Ésta era la ambición de Ernesto Guevara de la Serna (1928-1967), más conocido como el “Che”. Dos fotos resumen perfectamente lo que tratamos de explicar: En la primera, sacada al poco rato de quedar capturado en las cercanías de La Higuera, el 8 de Octubre de 1967, el Che aparece apocado, cochambroso y grasiento. Nada como esta foto ilustra mejor el fracaso sin paliativo de su intento de foco guerrillero en Bolivia, su total y reiteradamente demostrada incompetencia militar y la torva y pertinaz insistencia en imponer el cielo a la tierra. En sus “Cuadernos de Bolivia”, en la fecha del 30 de abril de 1967, escribe el Che: "La base campesina sigue sin desarrollarse; aunque parece que mediante el terror planificado, lograremos la neutralidad de los más, el apoyo vendrá después. No se ha producido una sola incorporación y aparte de los muertos, hemos tenido la baja del Loro, desaparecido luego de la acción de Taperilla…"

Quienes dieron la orden de asesinarlo torpemente al día siguiente, 9 de octubre, y dejaron que se difundieran las subsiguientes imágenes crísticas, convirtieron su recuerdo en el de un Santo Entierro progre. Era gente incapaz de comprender como nacen los mitos y luego se propagan y mantienen una vida absolutamente autónoma. Nadie hoy puede ver estas fotos sin que le pellizque la fuerza emocional de una emoción estética que hunde sus raíces en lo más hondo de nuestra memoria religiosa. En realidad son las imágenes del desastre.

En el caso de la tragedia catalana, nadie como la CUP para demostrar esta voluntad patológica de proclamar que su reino, o en este caso la República Catalana, no es de este mundo. La CUP vive obsesionada, posiblemente como ninguna otra organización radical en la historia de España, posiblemente más que la propia e histórica CNT-FAI, por la idea de que allí espera, a poco que ellos se esfuercen y a nosotros nos fuercen, la soñada sociedad “otra”. Y para ellos la primera parada en el camino de la parusía, pasa por la separación de una España ontológicamente casposa y facha que deje sitio a la albura de la virginidad catalana. En este camino, tras la estrella de David, la media luna agarena y la cruz cristiana, llega ahora la estrella de la “estelada”. La bandera favorita de los independentistas fue creada, dicen, hacia 1908 y recuerda voluntariamente el 98 colonial y las banderas de Cuba y Puerto Rico. La senyera tradicional siempre me ha parecido una bellísima bandera dotada de un carácter medieval entre caballeresco y trovadoresco. En cambio, el pegote de la estelada me hace pensar irresistiblemente en la estrella del gorro de Kim Jong-Un o en la bandera de una esperpéntica república bananera de ésas que se inventaba Hergé, el creador de Tintín.  En el itinerario del Che y el de la muchachada de la Estelada veo la misma irresponsabilidad preadolescente, la misma inmadurez y ceguera, la misma fascinación infantil por el vértigo, la voluntad nihilista de ignorar que el mundo es excepcional, único y quebradizo. Una vez roto el existente no quedan siquiera pedazos, sólo el abismo.

El porvenir radiante