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lunes, 11 de septiembre de 2017

Desafío ganadero: muleteo para Saltillo y varas para Fraile, con un natural de Chacón y dos pares de Otero

 Multiculturalismo simoniano

El ganao

José Ramón Márquez

¡Al desafío! ¡Al desafío ganadero! Hoy tocaba desafío ganadero, un engendro del cual el infausto Don Simón se achaca la paternidad, y que consiste en poner tres toros de una ganadería y tres de otra, normalmente de las que no quieren ni en olfato los de las partes altas del escalafón, y frente a ellas a tres muchachos como los de hoy, que entre los tres sumaban 28 festejos en el año pasado, a ver qué pasa. El desafío, como la mayoría de las cosas que se deben a Don Simón, apodo que se aplica al citoyen don Bernard Domb es cosa ful, porque lo suyo no sería confrontar dos conceptos ganaderos digamos que equivalentes, sino más bien enfrentar los polos opuestos que en cierto modo dividen a la afición; o sea, enfrentar a los Saltillo de Moreno Silva, los Zalduendíbiris que pastorea Antonio Barrera, o a los gracilianos de Juan Luis Fraile con los Cuvis de don Núñez del ídem para que la afición viese frente a frente al toro y a la mona y formase su opinión: el que guste de ver las blanquecinas lenguas del ganado bovino, el que aprecie la perruna persecución de las telas, la levedad en la cosa de las varas, los del arte, frente  a los de la boca cerrada, el rabo enhiesto al acudir al penco, la inteligencia y la  intencionalidad en la embestida, los del toro, que ahí sí que habría una auténtica confrontación.

Lección de trigonometría

Para ver esta pasarela Cibeles del toro serio Las Ventas no registró un entradón de esos que hacen época, pero sí que se puede decir que allí  no falló ni uno solo de los aficionados cabales, amén de los simpáticos orientales que tanto nos ayudan a que se mantenga nuestra afición, aunque es de justicia reseñar el casi lleno de todos los burladeros de gañote. Entrada muy de domingo madrileño que a nadie debe extrañar después de las birrias de entradas de Bilbao o San Sebastián, sin hablar de los cuatro gatos que se juntaron en Valladolid a ver a Ponce y a Manolito Sánchez o los cuatro gatos y medio que fueron a ver a Julián de San Blas indultar a un vaco acorne. A ver si ahora la culpa de que la banda no vaya a los toros la van a tener Saltillo y Juan Luis Fraile.

En cuanto al ganado, volveremos a los antiguos cuando decían que mirando al toro no es fácil aburrirse. Hoy hubo toro y su majestuosa presencia llenó el ruedo de Las Ventas (ése que quieren achicar, según dicen por ahí) porque en la Plaza sólo se veía toro constantemente, esto es que las evoluciones del ganado por el redondel, sus cambios de humor, sus idas y venidas llenas de interés y de intención, sus desafiantes presencias eran argumento más que suficiente como para mantenerse bien atento y no apartar los ojos del ruedo. Abrió plaza Loquerito, número 31, de Saltillo, toro muy serio, muy bien armado y sin ánimo de regalar nada a su matador. Lo paró Octavio Chacón de capa con formas clásicas y asoleradas y lo condujo con su capote hasta los medios donde remató con una torera media verónica. Loquerito no era animal proclive al mundo del penco, al que entró con la cara por arriba del estribo de Juan Francisco Peña, pero acudió al cite las veces que se le puso. En seguida se dio cuenta Chacón de que con el Saltillo había que trabajar, especialmente en una espeluznante colada en el mismo inicio del trasteo y en otra que soluciona torerísimamente el gaditano mediante un cambio de mano rematado con un natural mandón y encajado en un lance de gran inspiración. El resto de su labor fue seria y serena. Mal con el acero, aunque el animal no le dio ni media facilidad para que lo matase.

El trigonómetro

En segundo lugar apareció Farruco, número 1, con el hierro y la divisa de Graciliano, propiedad de don Juan Luis Fraile. Fue un toro largo que acudió al caballo con alegría y fuerza con el que se lució Ángel Otero en dos pares de exposición en los que dio las ventajas al toro, reunió en la cara y salió andando. El graciliano no estaba dispuesto a regalar nada y Pérez Mota bastante tuvo con estar frente a la inquietante presencia de Farruco y a sus embestidas poco amigables. Mató mal.

El segundo de los Saltillo, una preciosidad de toro, fue para José Carlos Venegas. Atendía por Gallito, número 23 y su capa era cárdena oscura, meano y bragado corrido. Entró seis veces al caballo, cinco al de tanda y una al de reserva: el toro al sentir el hierro se escapaba buscando los pechos del penco y salía coceando, así una, dos, tres veces. Luego se fue de naja a la puerta de cuadrillas y allí cobró algo aunque también salió escupido de la suerte y finalmente acometió con fuerza y fijeza en la sexta entrada que es en la que aprovechó Gustavo Martos para buscar petróleo en la anatomía de Gallito, como si su espalda fuese el Páramo de la Lora. Venegas lo sacó a los medios toreramente doblándose con él. El toro tenía un viaje de gran franqueza, humillado y encastado, una embestida vibrante plena de emoción con la que Venegas logró una par de series de redondos que fueron muy bien acogidas por los tendidos, con la izquierda el toro tenía otro son y cuando Venegas volvió a la derecha el animal había cambiado. El torero tuvo la inteligencia de cortar el trasteo, antes de que fuese más a menos, y cobrar una estocada desprendida y atravesadilla.


Sortijillo, número 11, fue el segundo de los de Juan Luis Fraile, un toro más bajo que sus otros dos hermanos con el que Chacón volvió a exhibir su solvencia con el capote. Muy torera su forma de dejar en suerte al toro, que acude prestamente y de largo al caballo de Juan Melgar. Aplauden a Melgar, que no había agarrado bien a Sortijillo, acaso porque pese al ímpetu del graciliano no cayó. Luego Chacón presenta su batalla, y había que estar ahí aguantando parones, miradas y tarascadas, que el bicho se orientó un montón y según iba pasando ya estaba pensando en buscar al que estaba por allí moviendo la tela. Toro para ir muy tapado, Chacón optó por citar con la muleta atrás y acaso esa sea una de las causas del sentido que fue cobrando el toro. Mató mal, de nuevo.

El segundo de Pérez Mota fue el Saltillo que atendía por Temeroso, número 28, que de temeroso nada, más bien el temor que le infundíó, pues no llegó a confiarse en el que posiblemente haya sido el mejor toro de la tarde. El saltillo acudió al caballo cumpliendo, siendo el que mejor nota deja en el caballo de los tres de Saltillo. El animal demandaba firmeza, mando y colocación y Pérez Mota no acabó de confiarse como para plantearle a Temeroso la medicina que éste pedía. La cátedra, que ya había tomado partido por el toro, se enfadó con la falta de decisión del torero y le despidió con pitos después de su mal uso del estoque, guardando sus palmas para el de Saltillo cuando los Benhures le arrastraban hacia la jurisdicción de los carniceros.




Y por fin, en sexto lugar, Jocosillo, número 2, de Juan Luis Fraile, toro hondo y de impecable trapío, fuerte y serio como un catedrático de Derecho Administratrivo de los de hace cuarenta años. La verdad es que solamente estar frente a esa presencia es ya como para darle a Venegas una ovación, porque el toro imponía un respeto impresionante que llegaba netamente hasta la andanada. El toro por dentro era como por fuera y pedía el carnet, toro exigente con el que me hubiese encantado ver al Poderoso, a ver qué es eso del poder. Venegas bastante hizo con estar por allí, brindar con su mejor voluntad al público y defender su honra a base de pundonor. Mató mal.

En resumen: una gran tarde de toros en la que el premio de muleteo es para Saltillo y el de varas para Fraile y que hubiese resultado aún más lucida sólo con que los matadores hubiesen sido certeros en el uso del acero.

Septembreo madrileño