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lunes, 3 de julio de 2017

La boda y un par de gemelos



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En verano el fútbol cambia el “Marca” por el “Hola”, y hasta el presidente de la Fifa, Infantino, un suizo frívolo que regaló al jefe del hamponato cubano una camiseta fifera de delantero centro (“El presidente Raúl Castro ya marcó muchos goles en su vida y ahora va a marcar goles de fútbol”, dijo el tragicómico pelota), aprovecha los focos para felicitar a Cristiano por sus gemelos subrogados y a Messi por su boda civilona. ¿Cómo ser Messi y que te case un concejal con poemas de Paulo Coelho?
    
En Messi, pagar a Hacienda (lo que no había pagado a Hacienda) y casarse ha sido todo uno: será un genio del fútbol, pero semejante vida está al alcance del más tonto del barrio. ¡Pelado por Hacienda y atado para siempre a una “Cari”! ¿Qué noche de bodas es ésa?

    A Cristiano los gemelos le han venido con un pan bajo el brazo en forma de reclamación tributaria. “Cosas de la subrogación”, dirán los técnicos de Hacienda.
    
Si Messi y Cristiano fueran calvinistas, como Infantino, por la doctrina de la justificación (el éxito terrenal en los negocios) interpretarían que figurar en las listas de Montoro equivale a figurar en el más allá en las listas de elegidos por el Buen Padre.
    
Pero Messi y Cristiano son capitalistas católicos, y su salida natural es la filantropía, espaldera moral por la que trepa el alma de la persona que se ha hecho rica.

    El filósofo de la fiscalidad voluntaria, Sloterdijk, sostiene que un capitalista está condenado a la filantropía: la riqueza embaraza moralmente, como saben los burgueses desde el XVIII; los nobles de épocas anteriores nacieron dentro de sus plumones y sólo conocían los privilegios, pero en el XVIII entraron en la embarazosa situación de perder su riqueza, mientras los nuevos ricos burgueses debieron tomar postura ante el hecho de pertenecer a los “happy few” sin estar preparados para ello; la filantropía fue su forma de asimilar psíquica y metafísicamente la riqueza. Una filantropía de hecho, la de los burgueses dieciochescos, y una filantropía de boquilla, la de los progres contemporáneos. La filantropía de hecho es la de Ortega, que dona dinero a la Sanidad. La filantropía de boquilla es la de Infantino, que regala camisetas al malandro de Raúl Castro.

    –El nuevo buen rico –explica Sloterdijk– es irremisiblemente un filántropo que quiere mostrar a su entorno que moralmente está a la altura de su prosperidad. Se habla mucho de cedés secretos con nombres de evasores de impuestos, y a mí me parecería más inteligente confeccionar una lista con los nombres de quienes voluntariamente dan más. ¿Quién recibe, a finales de año, una carta de la Delegación de Hacienda que diga: “Estimado señor contribuyente, por la presente le manifestamos nuestro reconocimiento por haber ahorrado una suma de cinco o seis cifras para la comunidad?” En lugar de eso, la atmósfera está cargada de sospecha de que ese súbdito fiscal podría haber dado más si se le hubiera exprimido mejor. Sólo votamos cada cuatro años. Impuestos pagamos todos los meses. Pero el instante del pago de impuestos nunca va unido al agradecimiento de la comunidad. El fisco de hoy piensa como el empresario explotador del XIX: que la plusvalía del trabajador le pertenece.
    
El filósofo, y tómenlo por ejemplo Messi y Cristiano, tiene un asesor fiscal que antes era funcionario de Hacienda y del que sospecha que siga trabajando para el otro lado. Desde luego, no lo normal en el mercado. En el mercado el mejor asesor siempre será aquél que te haga pagar menos; pero, cuanto menos pagues, más querrá el Estado, y el Estado vendrá por ti, no por el asesor.
    –Todos nosotros podríamos ser seres dadores, si las premisas culturales lo favorecieran.



EL TOUR DE BERNABÉU

    Santiago Bernabéu tenía de la prensa una opinión que anticipaba la de Donald Trump, aunque reconocía que en el deporte constituía el segundo poder, después del dinero. Lo más genial que leyó en su vida fue en las páginas deportivas de ABC, “año 30 ó 31”, en la crónica del Tour, espectáculo del que uno se dio de baja cuando la imposición del casco y las cruzadas del doping. Según Bernabéu, el redactor traducía la prensa francesa y hacía su crónica. En el capítulo de incidencias, puso un día: “Ayer sólo hubo un retirado: Néant”. Al día siguiente: “El único abandono es el de Néant, hermano del que se retiró ayer”. Y al día siguiente: “Es curioso, pero se retira el tercero de los hermanos Néant. Se cree que podrían haberse puesto de acuerdo los tres hermanos para retirarse de la carrera en días sucesivos.”