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sábado, 15 de julio de 2017

Francia



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Francia es una monarquía de paisano y todo el mundo ve en Macron al Sacarino de frau Merkel, la ama del Reich (gane quien gane, en Francia mandará una mujer, avisó Marine Le Pen), pero él tiene esa cosa de la “grandeur” que le hace invitar al más grande, que es el tío Trump, para celebrar lo de la Bastilla cenando con Melania y Brigitte en la torre Eiffel, donde Macron habla del clima (conversación de taxista), y Trump, de Tom Paine, más un cumplido a Brigitte, “You’re in such good shape”, que en España, donde por haber tomado un benjamín en D’Angelo cualquier zoquete se cree la reencarnación de las yemas de los dedos de Warren Beatty, ha excitado el celo mediático.
Como diría Santayana, Brigitte tiene esa vivacidad e inteligencia que, unidas a las discretas artes de tocador, “hacen que las damas francesas nunca parezcan viejas”.

Cuando dije en Francia que no era americano –recuerda Santayana–, observé cómo recibían el jarro de agua fría todos aquellos funcionarios hipócritas y pelotilleros que odiaban y ridiculizaban a América a cada momento, pero limpiaban el polvo delante de cualquiera del que esperaran conseguir dinero.
Macron, desde luego, tiene alma de funcionario que se pasa la vida haciendo revoluciones para volver al antiguo régimen.

–Y he aquí que la Revolución Francesa vuelve a empezar, porque siempre es la misma –escribe Tocqueville.
El liberal de Embassy es muy de la Revolución Francesa (hasta Tamara Falcó la discute a la luz de las velas), pero la Revolución Francesa, insiste Santayana, no fue liberal sino verbalmente y de una manera accidental: el cristianismo no era considerado como episodio normal de la historia humana, y el mundo necesitaba liberarse de él.

Una vez eliminado este íncubo se esperaba que toda la humanidad fundase una república inmutable, intrépida, heroica, compuesta de catones, brutos y cincinatos.
¿Y qué tenemos ahí fuera? A Casares Quiroga en La Moncloa, y en la calle, calentando, a Agapito García Atadell.