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miércoles, 27 de enero de 2016

"Lo que les ha hecho cambiar es el sentido antiespañol de la propaganda del Frente popular"

Madrid, 1931

LIBERALISMO Y COMUNISMO

Gregorio Marañón

VII


Pero la maniobra comunista tenía otro gran peligro en España, que era su internacionalismo, difícil de separar, en la psicología popular, del sentimiento español. El español, aun el de ideas más avanzadas, tiene siempre un lastre de cualidades nacionales probablemente superior al de casi todos los pueblos de Europa. Es España, ciertamente, el país de los regionalismos: muchas veces he dicho que el regionalismo es la manifestación más genuina y viva del alma nacional, y basta para comprobarlo el ver la rigurosa distribución regional que espontáneamente establecen los grandes grupos de españoles emigrados en América. En América, se habla de italianos, de franceses, de alemanes; pero cuando se trata de españoles, se habla de castellanos, andaluces, catalanes, gallegos o asturianos. El atender a las características regionales me ha parecido siempre, en España, no un imperativo político, sino biológico. Ahora bien, el error de muchos ha sido el tratar de infiltrar bajo la noble realidad regional la insinuación separatista. El sentimiento nacional de España está hecho de espiritu regional, prolongación del enorme sentimiento familiar del alma española; pero no sólo no es, por ello, aquél menos fuerte, sino que en ello encuentra su savia y su fortaleza. En cualquier población de América o en cualquier gran capital de la España misma, con Madrid o Barcelona, los españoles se reúnen, en efecto, por provincias en sus centros regionales, como vastas familias que apenas se tratan con la vecindad. Pero ante la nación en peligro, como tal nación, todos se unen, identificados en un solo fervor; y acaso sea el peligro común el único modo eficaz de unirlos políticamente.

Gran parte del entusiasmo de la España nacionalista de hoy está suscitado por la idea de la unidad nacional ante el conato del separatismo vasco (tan mal interpretado en el extranjero), en el que la ambición de un grupo exiguo de vizcaínos ha servido dolorosamente de instrumento al internacionalismo comunista. Cataluña, en cambio, a pesar de estar oficialmente con los rojos, ha tenido la intuición de no prestarse a esa maniobra; y esto tendrá, evidentemente, una gran repercusión en el final de la guerra y en la paz. Recordemos también aquí a Navarra, región vasca y de un hondo regionalismo y que, sin embargo, ha jugado el papel primordial, como región, en el movimiento nacionalista actual. Cuando en la primera república de España hubo también un intento de separatismo en el movimiento que se llamó «cantonal» el hombre que entonces representaba al liberalismo y al republicanismo español, el gran orador Castelar, pronunció un discurso famoso, declarando que ante su sentimiento nacionalista renunciaría al liberalismo, a la democracia y a la República. Hay en España muchos hombres de izquierda que saben de memoria este discurso —harto más bello y más moderno que las proclamas marxistas— y que ahora lo recitan con emoción.

Dos meses antes de ocurrir la revolución española escribía yo, en un artículo que publicaron varios periódicos de Europa y de América, que si el Frente popular español, entonces recién formado, no acertaba a dar a su ideario y a su acción un sentido profundamente nacional, provocaría el levantamiento de España. La profecía no tenía ningún mérito porque en todas partes se recogía la hostilidad de los españoles no marxistas ante la táctica, notoriamente rusa, de aquellas agitaciones prerrevolucionarias, que jamás tuvieron la sanción de los gobiernos. El hecho más significativo, en este sentido, y que nadie ha comentado, es la actitud de la juventud universitaria, que fue la fuerza de choque del movimiento liberal contra la dictadura y el fermento entusiasta de los meses que prepararon el cambio de régimen. Pero a partir del tercer año de la República empezó a cambiar de orientación de un modo rápido, que por los días de las elecciones del Frente popular, un profesor socialista, que pocos años antes era el ídolo de los estudiantes, daba ahora sus lecciones —y no siempre podía darlas— entre la hostilidad de su auditorio; y me confesó que el 90 por 100 de sus alumnos era fascista. Cualquiera de los profesores españoles pudimos comprobar este mismo hecho. Hoy, una mayoría de nuestros estudiantes lucha como soldados voluntarios en las filas nacionalistas. Muchos de ellos se habían educado en un ambiente liberal y habían pertenecido, al comenzar sus estudios, a las asociaciones estudiantiles liberales, y aun socialistas o comunistas. Y son varios los jóvenes, entonces casi niños, a quienes conocimos en la cárcel durante la dictadura, y que hoy son héroes, vivos o muertos, de la causa antimarxista. Lo que les ha hecho cambiar es, sin duda alguna, el sentido antiespañol de la propaganda del Frente popular.

De que ésta era la fuerza principal del movimiento del general Franco se dieron pronto cuenta los dirigentes comunistas. Por eso al comienzo de la guerra su propaganda se dirigió, como todos recordarán, a encarecer el ultraje que suponía para España el empleo del ejército marroquí. Pero yo, que estaba entonces en la España roja, pude ver que este argumento, perfectamente extranjero, no hacía la menor impresión en los españoles. La lucha en común de españoles y marroquíes tiene una tradición absolutamente nacional. Sólo los que creen ingenuamente que la historia empieza en ellos y que el pasado no cuenta para nada, ignoran que las hazañas más genuinamente nacionales, como las campañas del Cid Campeador y la conquista de Granada, que puso fin a la Reconquista, se hicieron en parte con soldados africanos. Cada español del lado rojo se sentía étnicamente más próximo a los moros de enfrente que a los rusos semiasiáticos, que ya por entonces inundaban su retaguardia.

El argumento que se ha esgrimido después es el de la invasión por las tropas extranjeras. Convencidos los jefes rojos de la necesidad de inyectar un sentimiento nacional a sus filas, han querido transformar la guerra comunista en una guerra de liberación. El argumento ha tenido mucho más éxito que en España misma en el extranjero, como era de esperar. En España, no: porque los que viven rodeados de rusos, franceses, checos, etc., y saben por propia experiencia lo que vale su ayuda, no pueden juzgar con demasiada indignación el que en el otro lado ayuden otros extranjeros. No hay español que no tenga la conciencia de que la guerra que hace no es una guerra civil, sino una lucha internacional y universal, cuya fase militar se juega en los campos de España. Pero, además, a ningún español, ni rojo ni blanco, le ha pasado un momento por la cabeza el que, una vez terminada la guerra, pueda convertirse esta ayuda en una ocupación territorial.

España tiene reciente el recuerdo de que la guerra de la Independencia contra Napoleón, guerra eminentemente popular, cuyo espíritu pretenden resucitar los comunistas, se ganó precisamente con la ayuda de un formidable ejército inglés, mandado por uno de los más grandes generales del siglo. Y cuando Napoleón fue vencido, el ejército amigo y su general se fueron de España sin retener un solo palmo de terreno. Tampoco ignora el español que en la gran guerra europea, departamentos enteros de Francia estaban ocupados por ingleses y norteamericanos, que partieron también una vez logrado el triunfo. A uno y otro lado de las trincheras españolas nadie duda de que tanto los soldados internacionalistas que luchan con los rojos como los italianos y alemanes que forman al lado de los de Franco se proponen cosas muy distintas de la ocupación territorial. Esto, que tanto alarma a los extranjeros, es lo único que no alarma a los españoles. Y puede asegurarse que si alguna de las varías naciones que tienen soldados en España lo intentara, se unirían marxistas y antimarxistas para impedirlo, con el mismo terrible denuedo con que hoy luchan entre sí. Hay un pedazo de roca española que ocupan los ingleses desde un tiempo en que la nacionalidad de nuestra patria había casi desaparecido, y no hay español que todavía no sueñe cada noche con Gibraltar.

Lo importante no es, pues, la momentánea ayuda de hombres y material, asunto que unos políticos inteligentes pueden arreglar desde afuera en cuanto se pongan de acuerdo. Lo importante es la captación del espíritu. Aunque en el lado rojo no hubiera un solo soldado ni un solo fusil moscovitas, sería igual: la España roja es espiritualmente comunista rusa. En el lado nacional, aunque hubiera millones de italianos y alemanes, el espíritu de la gente es, con sus virtudes y con sus defectos, infinitamente español, más español que nunca, Y es inútil atacar con sofismas esta absoluta y terminante verdad, de la que depende, desde antes del principio de la lucha, la fuerza de uno de los bandos y la debilidad del otro. Si el lema de «Arriba España», que hoy gritan con emoción muchos, muchos que no son ni serán fascistas, lo hubieran adoptado las del bando de enfrente, el tanto por ciento de sus probabilidades de triunfar hubiera sido, por este simple hecho, infinitamente mayor.

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Publicado en la Revue de París en su número del 15 de diciembre de 1937