martes, 1 de julio de 2014

Verano Azul





Hughes
Abc

La reposición de Verano Azul este año parece distinta. No es sólo una medida de ahorro. Es casi una provocación. Que con Twitter, en estos tiempos de corrosión irónica, el Ente vuelva con Chanquete parece una actitud de rebeldía. Es un escándalo. Es poner a Chanquete cociéndose en una marmita rodeado de monologuistas.

Verano Azul es el Qué bello es vivir del Verano. Algo clásico y un perfecto resumen estival: los madrileños, el pueblo, el polo churretoso del piraña, la bici y el silbido. Luego el verano quizás fuera el tour, verano del pobre. Pero este fetiche estacional también nos dicta un verano ideal.

Es el acto de mayor valentía política de TVE en años. No sólo se trata de ahorrar dinero (qué amortizados están ya los helados del Piraña), para eso podían haber emitido Anillos de Oro. Verano Azul conserva el espíritu transititivo. Lo primero que se ve en la serie es que el franquismo, con todo su trasfondo de sordidez, era una máquina de inocencia. La modernidad es que el pasado nos parezca ingenuo. Cuando uno lee sobre Florencia o Esparta no tiene esa sensación. Pero pone una serie de los años ochenta y eso parece un planeta en el que respiran helio.

Yo siempre he pensado con enorme tristeza en el niño al que nunca invitaban en esa pandilla. El niño que les miraba andar en bicicleta (¡grupetto escapado del verano!) deseando formar parte. De ese niño hipotético, pero casi seguro, real, se olvidó Mercero, que demuestra en la serie una capacidad fascinante con la infancia. Los mayores de la serie se han quedado pasadísimos. Helga Liné en el chiringuito sale bellísima, pero irreal, y Manuel Gallardo con el fardahuevos, el bigote y el clinclín de los hielos del güisqui preludiaba la figura del señor con bigote de derechas, omnipresente luego. “La vida es una guerra, qué leches”. Pasadísimos. Pero los niños siguen siendo lo mejor. Son los preGoonies. Tito y el Piraña son una eterna pareja cómica, más cerca de Abbott y Costello. EL Piraña quizás haya sido el último gran actor español. Parece Manolo Morán en niño. Está enorme.

Chanquete es el personaje literario marino que nos falta. El Marinero en tierra. El gaviero, el Hemingway de saldo. Y vive en un barco como Don Johson. Sorprende ver a la pintora (que se le pasa el membrillo…) haciendo runnnig, aunque lo llama footing y el romance entre Bea y Javi nos sigue manteniendo en vilo porque es reconocible. Yo hasta los veinticinco sonreía a las chicas como si fueran Bea. Ahora no lo pueden comprender.

Si TVE tiene fuerzas para seguir, Chanquete, o mejor, la muerte de Chanquete, pueden convertirse en un especie de referencia equinoccial. Chanquete morirá todos los años como muere Cristo, o como se entierra la sardina. Chanquete convertido en ritual televisivo y equinoccial. Si el solsticio tiene a Papa Noel, el equinoccio de septiembre tendría a Chanquete, que además es la muerte del hombre natural, la playa virgen, la España natural antes del ladrillazgo democrático.

Chanquete como curiosidad antropológica que perpetuaría por primera vez la televisión, ritualizando una serie. Esto, creo yo, no habría pasado nunca.

La rivalidad entre Javi y Pancho, brutalmente competitiva, parece un mensaje cifrado. Son el bipartidismo turnándose en recibir el beso simbólico de Bea, la Corona.

De Desi pensamos que ahora, con lo que sabemos, si fuéramos Pancho iríamos a por ella y dejaríamos a la pavisosa de Bea.

Y se comprueba con asombro que hay madrileños que se quedaron en la dicción de Javi. Toda una generación de señores que hablan así.

Ah, el verano observador y bartleby de Quique… El encanto de los niños y del verano andaluz. Esa pandilla inverosímil ahora sería turbia, pederasta y desactivada por la Policía Municipal.

El barco de Chanquete es como otro Azor de ingenuidad que se quedó allí varado. Es una gran noticia que en los tiempos de las corrosiones absolutas se erija obstinadamente en verano ideal, del que apetece reírse, claro, pero al que apetece respetar, conservarlo como la última resistencia de un tiempo. Y de nosotros mismos.