miércoles, 14 de mayo de 2014

Quinta de Feria. Las seguían llamando Trinidad (a las orejas)

La causa del vencedor fue grata a los dioses, pero la del vencido a Catón*
Lucano, Canto Primero de la Farsalia
(Indica que un hombre puede tener razón frente a todo el universo)


José Ramón Márquez

Tampoco se llenó hoy la Primera Plaza (de Pueblo) del Mundo. Otra más. Se ve que ni el cartel -Cid, FandiñoTeruel- ni el ganado –Parladé juampedrero– tuvieron el suficiente tirón popular como para que se vendieran todas las localidades no abonadas (ni para que acudieran muchos de los abonados). La feria del Isidro ’14 prosigue triunfalmente y a los inolvidables –perfectamente olvidados– éxitos de los días precedentes hay que sumar los del día presente; esto, por lo que se ve, ya va embalado y no hay quien lo pare. Madrid está bizcochona, eso no se puede negar, y además la sociedad se ha vuelto aplaudidora, por eso, a poco que la gente se emociona ya están aplaudiendo, y da lo mismo que sea a una especie de cabra negra vendida como toro en Las Ventas que a esos pobres niños extremeños que  murieron en un accidente, que a esa señora de León a la que tirotearon ayer. Todos ellos se llevan su incomprensible ración de aplausos.

Diremos, como cuestión previa, que los toros para muchos distan mucho de ser esta pasión que nos devora y son un mero entretenimiento, un espectáculo, como el cine o el teatro. Hoy hemos sido testigos de cómo se manejaron con habilidad los resortes del espectáculo y cómo eso funcionó para que un torero rebañase un triunfo que a algunos no nos ha dicho nada. Pero vamos por partes.

La corrida que mandó a Madrid la Sociedade Agropecuaria do Río, L.D.A, con el hierro de Toros de Parladé, salvo por el desmesurado crecimiento de los cuernos, favorecido sin duda por el uso de las dichosas fundas, tenía bastante menos cuajo que la novillada del día precedente. Cuatro toros negros y dos castaños muy tasaditos de presencia, bastante justos de fuerzas y enormemente tontos –a esa tontuna algunos revistosos del puchero la denominan “bravura” en el neolenguaje–. Los touros se vinieron a Madrid en su camión desde el Alentejo para corretear por Las Ventas, apenas emplearse en el caballo, ser picados con mucho tiento, por lo que pudiese pasar, y entregar sus embestidas al que estuviese por allí. Es cierto que hubo algunas protestas por parte de los bichos, que sacaron algún geniecillo que a veces les salió del fondo de la genética y que sirvió como para dar el tono feroz, pero la corrida fue exactamente como uno se podía esperar antes de entrar a la Plaza, y aunque el segundo era una especie de cabritilla y al tercero no le sacó el picador sangre ni como para un análisis, el entusiasmado público despidió a algunos con piadosas palmas y a otro hasta con una ovación.

Con ese encierro se vino a Madrid Manuel Jesús “El Cid”. Es preciso recordar que este hombre es el mismo que el año, pasado hizo la mejor faena que se vio en Las Ventas en toda la temporada y que aquel fulgor de otoño se hizo sobre las incontrovertibles esencias del toreo grande: parar, templar, mandar, cargar la suerte. Debemos recordar eso para censurar que en el día de hoy El Cid no haya querido circular por ese camino, al que debe todos sus triunfos madrileños, y se haya querido ocultar en los modos julianescos y alcayatiles tan denostados y tan deplorables. El gran problema que tiene El Cid es que, teniendo buena planta, su figura no se adapta al toreo que practica un bajito y culibajo y por ello, cuando se pone a tirar líneas, a quedarse fuera, a desafiar a la gravedad inclinándose, cuando julianea se le nota un montón y se queda con sus vergüenzas al aire. A El Cid cuando miente se le nota muchísimo más que a otros.

Luego venía Fandiño, en quien depositamos tantas esperanzas hace unos años y que tanto las va defraudando día a día. Se puede decir que no dio un solo pase bueno a su primero y si acaso dos o tres redondos sueltos a su segundo, pero sus actuaciones fueron coreadas por el público como si estuviésemos asistiendo a las faenas del siglo. Lo que se veía desde la andanada era la ventaja como estética, el cite por fuera, el no meterse en el terreno del toro, el abusar de manera inmisericorde del pico de la muleta, el llevar al toro a una buena distancia de seguridad del cuerpo del torero... lo que no nos gusta, en suma. Cuando estaba finalizando su faena a su segundo, faena bastante a menos iniciada, por cierto, de una manera muy original con pases cambiados por la espalda, una certera voz de la ya casi muda Andanada 8, voz de hombre joven, resumió la faena en ese conciso “¡Se va sin torear!”, aldabonazo certero para los que demandamos del toreo algo más que hacer que el toro vaya y venga. Hablábamos antes del espectáculo y ahora precisaremos que Fandiño, consciente más que nadie de la flojedad de su labor, optó por emular a Gabriel de la Casa o, más modernamente, a Gonzalo Caballero y lanzarse a matar sin estoque, cosa que hizo al segundo intento saliendo algo trompicado. Ese gramo de emoción, de incertidumbre que puso Fandiño en el final fue el detonante que hizo a las buenas gentes reclamar el triunfo para el de Orduña, a quien creo que ya he comparado aquí alguna vez con Cocherito de Bilbao y que, como el viejo torero vizcaíno, mató de una buena estocada a su primero.

Y después Teruel. Teruel trajo la añoranza del gran toreo. Teruel es el que ha toreado esta tarde, uno por aquí, otro por allá. Teruel es el que nos ha puesto a soñar con toreros de otras épocas en su modo de andar por la Plaza, en una exquisita verónica, en dos hondos naturales, en un redondo sublime. Cosas deslavazadas, unidas por su torería yendo al toro, como echar la muleta adelante, como ligar quedándose en el sitio –cuando se quedó, no exageraremos–. Teruel, a despecho de su justísimo valor o de su abulia, vaya usted a saber cuál es el diagnóstico, ha hecho correr por Las Ventas un soplo de frescor realmente necesario. Nada que ver con este soporífero mainstream que nos ahoga todos los días, a todas horas, como si no hubiese otra manera de torear, como si no hubiésemos visto que la hay, y aunque nadie la quiera practicar; hoy Teruel apuntó con sus modos clásicos, con su personalidad, en la buena dirección, la de los toreros grandes.

La cuadrilla de El Cid, no es ni sombra de lo que fue. Con un Boni deslavazado y huidizo y con Alcalareño en su mundo interior, daba cosa pensar en que durante unos cuantos años ésta haya sido la mejor cuadrilla que ha andado por esas Plazas de Dios.

Miguel Martín, que va con Fandiño, banderilleó con garbo, elegancia y suficiencia al quinto.

 Andanada
Las antiparras de Abella

 Cid

 Parladé

 Los claros

 El Ayuntamiento

 Florencio

 La toalla

 La perspectiva

 El penco

 Miguel Martín, el peón ovacionado

 El matador volatinero

 La claque

 La Puerta Grande

El piperío venteño
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*A Javi, el Catón de Las Ventas,
en cuyo palco presidencial, donde ahora asienta un Trinidad, haría falta un Matías, el de Bilbao