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lunes, 31 de marzo de 2014

Novillos en Madrid. De la suerte suprema hablaremos otro día

A la hora de la novillada


José Ramón Márquez

Con una semana de retraso iniciamos la temporada madrileña, guiados más por la irresistible atracción de Las  Ventas que por los atractivos del cartel que la Empresa nos propone. Las Ventas, ¿y por qué iba a ser de otro modo?,  nos recibe con su consabida capa de mugre, el orín de las barandillas, los desconchones en la pintura, las cajas eléctricas abiertas, los materiales diversos arrumbados en cualquier parte… toda la espléndida gestión del espléndido gerente de la Plaza, el catalán Abella, amigablemente conocido como Abeya, se nos muestra un año más, con toda crudeza, en plena eclosión primaveral.

En el cartel, novillos de José Luis Pereda y La Dehesilla para Jesús Fernández, Juan Ortega y Tomás Campos.
 
Los novillos podemos decir que entraban dentro de la categoría de redada, entre el primero, un castaño que atendía por Billetero, número 93, en tipo de Núñez, hasta el quinto, Charco, número 143, con el hierro de La Dehesilla, que recordaba a los lisarnasios tan caros a Barquerito. Digamos que cada cual de su padre y de su madre, algunos, como el primero y el sexto, justos de fuerzas, y otros, como el segundo, Cristalero, número 116, con más que torear. Diversidad de formas y diversidad de comportamientos y, en general, más interesantes los novillos que los encargados de despenarlos.
 
Jesús Fernández, recordado por la cogida que le propinó en esta misma plaza un novillo de Murteira,  echó sus ganas al asador de Las Ventas, se dejó coger en varias ocasiones y dio el único muletazo estimable de toda la tarde: un solitario, triste y aislado derechazo en el que mandó sobre el novillo y le remató atrás, sin solución de continuidad. Alegrémonos de ese solitario pase, pues es sabido que muchos días nos vamos de la Plaza sin siquiera haber visto uno solo, aunque tan magra cosecha tampoco sirva para poner a Jesús en el candelero o en el candelabro.
 
A Juan Ortega apenas se le nota todo lo que debe haber toreado. Debe haber toreado un montón, pero el hombre ni progresa, ni adecuadamente. No es que esté ayuno del más mínimo concepto, es que no hay por dónde coger esta tauromaquia de esperar el toro, de no llevarle toreado, de no mandar en él… Imbuido de las nefastas influencias julianas, las aplica sin ton ni son y sin las ratonerías del Belmonte de San Blas, por lo que su toreo es un ir y venir sin motivo ni razón. Le jalearon desde el tendido una especie de serie en la que ponía la mano alta, como la catenaria de los antiguos tranvías, y fue incapaz de oponer un poco de toreo, de firmeza, de mando a las dificultades que le plantearon sus oponentes. Torero de faena hotelera, digo yo, que el hombre traía premeditado lo que iba a hacer y le falló que los novillos fuesen tan tontos del haba como los que él necesitaba.
 
Al lado de Tomás Campos estaba, en el callejón, Diego Urdiales, que lo mismo se conocieron en Arnedo. No se sabe qué consejos le daría, pero a buen seguro que el extremeño no siguió ninguno. La ‘lidia’ de su primero fue un deambular por la Plaza detrás del astado, que iba donde le daba la gana sin que la muleta de campos le sujetase. Estuvieron a punto de tocarle los tres avisos. Su segundo, el débil sexto reseñado más arriba, destrozado por las arteras mañas del picador Juan Peña, se quedó más en el mismo sitio, pero como el torero era el mismo, la explicación de su toreo fue igual de inconsecuente.
 
En realidad lo que una vez más brilló por su ausencia en la tarde madrileña fue la aspiración al toreo. No digamos la falta de ambición, porque Fernández a su modo demostró su ansia, aunque fuese a base de cogidas, pero la negra sombra del neotoreo, del postjulianismo, se cierne como una sombra ominosa sobre la tauromaquia. Del hecho de que la antaño conocida como ‘suerte suprema’ ya no le importe a nadie, especialmente a los matadores, ya hablaremos otro día.