viernes, 4 de octubre de 2013

Al vent, la cara al vent, el cor al vent, les mans al vent, els ulls al vent, al Ventorrillo

OTOÑO 2013

 Les sanglots longs
Des violons
De l'automne
Blessent mon coeur
D'une langueur
Monotone


José Ramón Márquez

 ¿Quien iba  a decirnos que íbamos a salir tan contentos de la novillada de Edificaciones Tifán S.L.? Es lo que tiene esto, que ni las vacas saben de toros. Te vas a Las Ventas a ver una basura de esas juampedreras y resulta que sale una corridita de lo más interesante, como si hubiésemos ido a la reserva india de los encastes minoritarios, malditos y en peligro de extinción. Cosas de la genética, que de eso entienden el Padre Mendel (q.e.G.e) y cuatro más.

 Y los de las Edificaciones Tifán S.L. sabrán un montón de hormigón, de muros de medio pie, de grúas o de pladur, pero se ve que lo de la ganadería se les va de las manos, porque ellos se compran sus bóvidos juampedreros para que hagan las tontunas propias de esa mal llamada casta y la genética se venga en ellos haciendo que los novillos hagan todo lo que no deben, tal como apretar en el caballo, mantener la lengua dentro de la boca, enterarse de lo que hay alrededor o embestir a la manera de un toro y no de una mona.  

Los exquisitos del ganado bovino de características bobonas ya le habrán puesto el aspa a los toros de Edificaciones Tifán S.L, que cuando en el apartado ‘Procedencia actual’ pone Juan Pedro Domecq y Solís se sobreentiende que ahí no hay más que toro artista, o sea, ese torezno colaboracionista y carretonero que ayuda a que de las meninges de su matador mane el arte o un fandanguillo. Los aspirantes al fandanguillo esta tarde eran Javier Jiménez, Diego Fernández, que venía en lugar de Sergio Felipe, y Juan Ortega.


De los seis novillos, el cuarto, Alagado (sic), número 42, es el que llevaba dos cortijos, uno por pitón, y es el que ha dado al traste con las infundadas esperanzas de Javier Jiménez de ser alguien en el toro. Un novillero bien placeado, con 33 tardes el año pasado, ha dejado irse a este novillo de embestida vibrante, lo cual constituye la patente demostración de que lo que debe hacer cuanto antes es aprender un oficio del que vivir o apuntarse al acceso para la Universidad de mayores de 25 años. Ya no es que nos pongamos con lo de cruzarse y tal, que ya nos han convencido los de la crítica seria de que eso ni existe ni es posible ni lo hemos visto nunca, es que el mozo se ha venido a Las Ventas a dar el mitin de la incompetencia más palmaria y encima le tocó el toro de la tarde. Y no es que la fastidiase en su segundo, porque en el primero, Imperial, número 455, que era de encaste más bobalicón, tampoco rascó más bola que su basta (y vasta) vulgaridad. A ese toro, no obstante, algo le habrían visto los banderilleros, que anduvieron con él como si fuese el Leviatán.

De Diego Fernández reseñaremos su afición a las posturas cuando no está frente al toro, a la salida de los pases y en los tiempos muertos. Vestidito de verde era como el ectoplasma de Perera. No diremos nada de lo de cruzarse, que de eso ya nos han convencido los críticos serios que ni se puede ni lo hemos visto nunca, por tanto el novillero Fernández no hizo la menor intención de ir a otro sitio que no fuese a las afueras, a la banlieue, de sus dos novillos, de los que el más interesante fue el quinto, Afortunado, número 54, con la idea fija de largarse cuanto antes para poder poner rápidamente alguna postura como de modelo para Mariano Benlliure o algo así.

Juan Ortega fue víctima en Las Ventas este tiempo atrás de un robo orejero de esos que tanto excitan la pluma de los críticos serios. Le tocó el novillo más complicado, el sexto, Aviador, número 28. Brindó el novillo al público pensando yo qué sé qué y a los dos minutos el novillo se había hecho el dueño de la situación y era él quien toreaba al novillero. La falta absoluta de recursos o del más leve rastro de oficio con el que castigar al novillo demostró de forma patente que estos toreritos están educados en el carretón y la tonta del bote, preparados para el arte propiciado por un bobo de cuatro patas.

Ni el más leve asomo de personalidad en ninguno de los tres, nada que recordar de sus tristes capeos y sus olvidables muleteos. De las trazas que usaron para matar, ya ni hablamos, pues esa mal llamada «suerte suprema» es bien sabido que va en retirada, a poco que se generalice algo más esa memez de los indultos a mansalva.

Lo más torero de la tarde fue Miguel Martín, matador de toros, poniendo dos soberbios pares de banderillas al cuarto.

 Pipas

 La papela de Abella

 Papelines

 Programa

 Paseíllo
Fernández, Ortega, Jiménez
 Abella buscando al que tiró la cubierta,
 que aún no ha aparecido

 Abella midiendo la caída de la pluma

 Javier Jiménez
Tics de Espartaco

 El hombre de Barcelona oliendo a Dinamarca en Madrid

 El putoamismo de Floro

El crítico, que es doctor, dándole a la pipa, pero de girasol

 Esas nubes que pasan

 El hondero

 ¡Cha-cha-cha-chám!
Al fondo, Diego Fernández, el del toreo caro (a Perera)

 El ofertorio de Juan Ortega

 El toreo caro (al decir de los revistosos) de Diego Fernández,
 que se dedica a imitar... a Perera

 Lo más caro de Diego Fernández, el perereo por la penca

 La muleta nada barata de Diego Fernández, con parón superperero

 El carísimo pataplás pererón de Diego Fernández

 Y un cite, o lo que fuere, de Diego Fernández que nos llevaría a empeñar el reloj,
 salvo que no es Diego Fernández, sino Javier Jiménez,
 que sólo se diferencia de su compañero en el color del vestido
Así está la cosa entre la novillería andante

Miguel Martín saludó por sus palillos

 Juan Ortega, que al menos sólo se imita a sí mismo, perfilándose

 Juan Ortega haciéndose el saco de trapos viejos para defenderse

 Mulas de España

 La cena en Órdago

Y a casa en el Mercedes del tío Ina