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lunes, 20 de mayo de 2013

Apoteosis de Pepe Luis



Al natural

Giraldillo

Abc
20 de octubre de 1942

(...)

Junto a la apoteosis de Marcial, la de Pepe Luis Vázquez. El chiquillo de San Bernardo tuvo el domingo su mejor tarde madrileña. ¡Cómo toreó de muleta! Poned la gracia más florida en milagroso jardín de Sevilla, cuajado de flores de alegría; agotad los tropos y las exclamaciones, y todavía no se habrá expresado justamente lo que Pepe Luis hizo con la muleta. Fue su triunfo en el toro tercero, algo quedado. Comenzó con cuatro naturales, y luego dio el pase de pecho, y, rozando su pechera, pasó todo el toro, desde la púa del pitón a la penca del rabo, buscando aquella muleta que le encelaba. Otros pases con la izquierda, y luego se abre el esplendor de una faena en la que yo veo el sentido de Gallito con la gracia soberana de Chicuelo. Pero es Pepe Luis, que ayer sumó y superó, con la muleta, esos dos nombres, en portentosa inspiración. ¡Qué gracia en el ayudado! ¡Qué alegre reposo en los adornos! ¡Cómo, erguido, quieto, parado en la misma cara, en ademán de dominio, posado el estoque, tendido sobre el testuz! Unos pases de rodilla, y entra a matar. Pincha. Nueva faena. Se funde con el toro; compone y descompone las figuras más bellas de un torero de imaginación. La tarde deliciosa, de quieto y templado aire, se conmueve por la tempestad de ¡olés! Clama la gente enardecida. Pepe Luis sigue labrando la filigrana imponderable de su faena de muleta. Entra a matar. Media estocada. Y hay una ovación indescriptible, vuelta al ruedo, dos orejas, otra vuelta más. Pero no fue esto todo en el triunfo de Pepe Luis. Hubo la lidia inteligente, ese toreo de fondo, ese toque de un simple capotazo, esa vista para señalar un terreno, para poner en suerte a un toro. En eso, Pepe Luis es maestro. Poca cosa sería el gran artista de San Bernardo si sólo fuera un torero florido, un torerito de gracia, o si queréis, gracioso. En Pepe Luis hay algo más importante que la gracia formal de su muleta pinturera. Está avalorándola, situándole como figura, esa cabeza privilegiada, ese sentido y sabiduría de todo cuanto hace. Eso se vio en el toro quinto, que brindó a Marcial. El toro no era bueno. Había que lidiar. Pepe Luis lo hizo. Se apoderó del toro y desarrolló otra faena luminosa. Tres pinchazos, media estocada y el descabello... ¡Si llega a matar de una estocada! ¡El día que Pepe Luis halle un tranquillo! La gente no le pide más. La gente se conformaría con eso. Yo no. Yo, que le he elogiado más que nadie, le pido que mate, que mate bien. Podrá hacerlo. Y entonces, señores... En este toro quinto hubo ovación y salida al tercio. En el sexto, comenzó con cuatro pases por alto, enormes, y dio, en seguida, cuatro naturales y uno de pecho. Hubo luego primorosos ayudados y en redondo, asombrosos molinetes, todo bello, ligado, cuajado como en las facetas de un brillante. Así, en facetas bien talladas, chispeaba todo la luz varia de un arte puro en su gracia original y bella. Dos pinchazos y luego media estocada. Dobló el toro. En  triunfo salieron Marcial y Pepe Luis. Iban a hombros de la multitud. Así salieron a la luz gloriosa de la calle de Alcalá, llena aún de un sol de otoño, que parecía, en los alamares de los toreros triunfantes, tarde de primavera. Y la gente desfilaba con la alegría en los ojos, en los labios el comentario. No había discrepancias.

(...)

LAS TAURINAS DE ABC
EDICIONES LUCA DE TENA, 2006