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miércoles, 24 de abril de 2013

La alegría del error

Alberto y su ídolo, Pambelé

Alberto Salcedo Ramos
 
Errar es humano, dijo un pato mientras se bajaba de una gallina. Yo crecí oyendo ese chiste en casa, y les voy a decir por qué. Para mi familia yo era el niño más torpe y distraído del mundo. Tropezaba con los peñascos, compraba lo que no me habían encargado, dañaba el juguete de Nochebuena antes del amanecer. Siempre era yo el que nombraba lo innombrable, el que hacía la pregunta indiscreta, el que confundía al vecino vivo con su hermano muerto, el que pulsaba el timbre en la casa deshabitada, el que rompía el jarrón predilecto de la abuelita, el que llevaba la libreta de Geografía a la clase de Matemáticas. El que pisaba el orín del perro.

Todos podemos contar más o menos la misma historia. Hoy todos vemos esas pifias de la infancia como anécdotas. Sin embargo, en su momento algunas de ellas me pusieron en aprietos. Me avergonzaron, me angustiaron, me hicieron sentir limitado frente a lo que estaba más allá de mis narices. Los niños no conducen ebrios por las autopistas ni le adeudan dinero al fisco, pero cometen errores que también tienen un costo. Cuando tenía nueve años le pegaba coscorrones a Huesito, el niño más enclenque del salón de clases, y cuando tenía doce le robé una gallina a una anciana del barrio. Lo primero me valió una paliza del hermano mayor de Huesito. Lo segundo, una zurra de un tío.

En la infancia uno empieza a forjar el método con el cual sortea los errores inocentes o culposos que comete. Desde niño ya sabía, por ejemplo, que siempre me iba a dar pavor hablar en público y, sin embargo, tenía claro que me tocaría hacerlo una y otra vez aunque me muriera del susto. De ese modo me adiestré oportunamente en el manejo del ridículo, un monstruo del que nadie se encuentra a salvo.

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